Una de las críticas más comunes a las peleas en las películas de acción es cómo la edición exagerada hace imposible de entender lo que está ocurriendo en pantalla. Por eso, se agradece cuando una producción no satura los enfrentamientos con cortes confusos y caóticos, sino que muestra la coreografía y permite que luzca de forma fluida. 60 minutos, del director ​​Oliver Kienle, es un gran ejemplo de esto: sus comprometidas secuencias de puños y patadas logran darle vida a una trama bastante sencilla.

Octavio (Emilio Sakraya) es un luchador de artes marciales mixtas. Cuando la madre de su hija le amenaza con quitarle la custodia si no llega al cumpleaños de la niña en una hora, él abandona una pelea segundos antes de empezarla. Esto hace que un grupo de mafiosos lo persiga por la ciudad para regresarlo al ring, pero él está listo para enfrentarse a cualquier obstáculo, así sea a golpes.

El mayor atributo de 60 minutos son sus peleas coreografiadas, las cuales ocurren en su mayoría en tomas abiertas que nos dejan apreciarlas en su totalidad La película encuentra forma ingeniosas para que cada enfrentamiento sea distinto y dinámico. Si bien 60 minutos no es John Wick, sus escenas de luchas son lo bastante elaboradas como para entretener a los fans de este tipo de secuencias.

Su trama acelerada también ayuda a mantener la atención. El protagonista no tiene ni un momento de descanso, pasa de un obstáculo a otro de formas inesperadas o alocadas, lo cual nos ayuda a no pensar mucho en qué tan lógico es lo ocurrido y solo dejarnos llevar por la frenética acción.

En cuanto a la estética, aunque hay escenarios interesantes de pelea en los cuales la fotografía juega con los colores y la iluminación, el producto final no deja de sentirse como una película para televisión. Esto se debe principalmente a cómo son ejecutados varios elementos visuales, como el contador gigante en medio de la pantalla para mostrarnos cuánto tiempo le queda al protagonista, la pantalla dividida abrupta para las llamadas telefónicas o el exceso de cortes en secuencias que no lo ameritan, como si tuviera miedo de perder tu atención cuando no hay puños a cuadro.

Emilio Sakraya hace un muy buen papel, no solo por seguir las peleas, sino por transmitir la desesperación e impaciencia de nuestro héroe. Es fácil ver cómo quiere mucho a su hija y hará hasta lo imposible por llegar a verla. Su explosividad también ayuda a darle verosimilitud a varias circunstancias que pudieron arreglarse con una conversación.

60 minutos tal vez no sea el thriller más tenso del año o el cual oculte más misterios, pero su ritmo frenético y bien coreografiadas peleas, acompañadas de una buena actuación protagónica, lo hacen una película llevadera dentro del género, siempre y cuando no se piense mucho en las implicaciones de los acontecimientos presentados. Tal vez la película no dure los 60 minutos prometidos por su título, pero Oliver Kienle y su equipo se encargan de que la disfrutes hasta el último segundo.

“60 minutos” ya se encuentra disponible en Netflix.