Sin importar ideología, es natural no confiar en figuras políticas. Palabras vacías, promesas rotas, ego, hambre de poder y corrupción parecen siempre acompañar los mandatos de todas esas personas que llegan a cargos importantes. En su nueva película “Promises” (Les Promesses), Thomas Kruithof busca explorar estas ideas y maquinaciones políticas para intentar voltear la cara de la moneda y comprender qué hay detrás del poder. ¿Son los ciudadanos solo peones en juegos de poder?

Clémence (Isabelle Huppert) es la alcaldesa de un pueblo parisino aproximándose al final de su mandato. Es conocida por su integridad y apoyo hacia las comunidades pobres. Su jefe de gabinete es Yazid (Reda Kateb), un hombre dedicado y leal con antecedentes humildes. Ambos están fervientemente interesados en apoyar a Les Bernardins, un sector inmobiliario de bajos ingresos en completo declive y operado por gente de moral dudosa. Sin embargo, cuando se abre la posibilidad de convertirse en ministro, Clémence comienza a ser seducida por la ambición, generando fricciones con compañeros y poniendo en riesgo los objetivos de ayudar al pueblo.

La historia se mueve efectivamente a través de la relación entre Clémence y Yazid. A pesar de tener pasados muy distintos (ella de familia rica, él creció en condiciones de pobreza), juntos son una máquina bien aceitada con ideales y objetivos alineados. Su dinámica opera a través del respeto y aprendizaje, pero adquiere una dimensión más humana con la evolución de Yazid, quien paulatinamente nos deja ver su arrogancia y ambición, pero también interés por seguir ideales correctos. Kruithof no idealiza al ser humano: lo presenta real, con fallas y debilidades.

Un acierto de Kruithof es que nunca revela la ideología política de Clémence. Su enfoque es en meramente en el trabajo, la relación con sus ciudadanos y las ambiciones personales. Cuando decide olvidarse del retiro y continuar persiguiendo ambiciones políticas, su personaje se transforma y pone en la mesa una disputa moral. ¿Está dispuesta a alienar a la gente cercana a ella con tal de obtener más poder? De lograrlo, ¿de verdad lo hace por el pueblo? o ¿solo para satisfacer su ego? La alcaldesa atraviesa por una crisis existencial en donde pareciera estar por vender su alma al diablo.

Con ayuda de fuertes actuaciones de Huppert y Kateb, los protagonistas generan una relación profesional convincente y absorbente, misma que al comenzar a derrumbarse le da un empuje final a la narrativa para desembocar en un banal, pero satisfactorio final. 

El diseño de producción y vestuario establece con fuerza las disparidades entre los dos mundos. Pasamos de observar la elegancia, los colores y las obras de arte en casa de Clémence, a la claustrofobia de una vivienda derruida poblada por colores apagados. Esto potencializa el cinismo político en donde una simple decisión guiada por ego y emitida desde una lujosa oficina puede destruir la vida de cientos de personas en condición deplorable. 

Por su naturaleza, la película llega a repeler. El guion, coescrito por Kruithof y Jean-Baptiste Delafon, pinta un mundo complicado y auténtico de movimientos políticos en donde hay motivaciones dudosas, cinismo, chantaje, traiciones y poco interés verdaderamente altruista por ayudar a la gente. Pero eso hace a “Promises” tan efectiva: no tiene miedo de plasmar las acciones de los gobernantes, de mostrar a personajes tangibles con motivaciones dudosas y reales, y a cuestionar constantemente sus creencias y lealtades. Así es la política: un juego de ajedrez impulsado por palabras, poder e inteligencia.

“Promises” formó parte de la sección Orizzonti del Festival de Cine de Venecia 2021.