Tras años de dirigir televisión con exitosos resultados, Mariana Chenillo vuelve al cine con “Todo lo invisible”, un drama con toques cómicos que está compitiendo en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2020.

La película inicia con un accidente automovilístico en el que Jonás (Ari Brickman) pierde la vista a causa de las defectuosas bolsas de aire de su coche. De ser exitoso en el trabajo y tener estabilidad familiar, Jonás debe lidiar con una nueva forma de vida. Cae en depresión, se comienza a alejar de su esposa Amanda (Bárbara Mori), tiene problemas cuidando de sus dos hijas y parece que su único propósito existencial es vengarse de la compañía de autos. Y con el objetivo de triunfar en dicho conflicto legal, Jonás llama a Saúl (José María de Tavira), un abogado, amigo de la infancia y exnovio de Amanda. Esto causa fricciones y malentendidos que alienan aún más a Jonás de su familia.

La película nunca cae en el melodrama. Hay toques de comedia y Chenillo maneja bien el ritmo para acentuar la complicada existencia de su protagonista. Sin embargo, también existe una desconexión con los personajes que, con el paso de los minutos, se expande en demasía.

En un punto de la historia, Amanda le sugiere a Jonás ir a terapia. “Yo no creo en esas cosas”, responde. Y hasta ahí llega esa sugerencia. Es difícil quitarse de la mente que todo el filme se pudo haber resuelto con terapia. Pero la masculinidad de Jonás es demasiado frágil y se rehúsa a aceptar ayuda; cree que la única manera de superar su situación es obteniendo justicia legal. 

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Foto cortesía de FICM 2020

La vulnerabilidad es el tema central de “Todo lo invisible”. Amanda claramente le tiene temor a su esposo, quien pronto es consumido por el egoísmo. Jonás está lidiando con una pérdida muy fuerte pero nunca hace el intento de entender o escuchar a su esposa. La ceguera saca a relucir su masculinidad tóxica y es muy difícil empatizar con él. Jonás decide apartarse de sus seres amados y al hacerlo, solo se aleja más de su humanidad. Esto aunado a la posición de enorme privilegio en la que se encuentra, provocan que la historia pierda su enfoque. ¿Por qué habría de sentir lástima por un macho y soez que tiene todos los recursos para recibir ayuda, pero se rehúsa a hacerlo?

Tenemos un amplio espectro de personajes. Hay un padre con remordimientos, un taxista religioso, una madrastra unidimensional (Daniela Schmidt) y un abogado mujeriego. Sin embargo, “Todo lo invisible” se pone del lado de la víctima y rápidamente se olvida de aquellos que le rodean, fallando así en abordar la problemática del duelo de una manera íntegra. A excepción de Jonás, ningún personaje está correctamente desarrollado; algunos solo están aquí para conformar subtramas que no conducen a ningún lado. El peor pecado reside en la personalidad sumisa de Amanda, quien termina siendo una madre sin voz ni importancia en la historia; al final está contenta de abrazar a su esposo a pesar de que éste se ha comportado como todo un patán.

Es gracias al gran trabajo del elenco que la película sale a flote. Mención especial a Mori y de Tavira, quienes explotan con autenticidad sus personajes y logran proveer de muy necesaria humanidad y comedia a la historia.

El tercer acto era una valiosa oportunidad de aterrizar las pobres ideas del guión. Por desgracia, “Todo lo invisible” se decanta por concluir con un conflicto sacado de la manga más interesado en crear un final de felicidad y unión que en resolver el conflicto existencial del protagonista. El tema de la ceguera queda volando y nos quedamos con una falsa reconciliación familiar.

“Todo lo invisible” está bien actuada y la historia es ligera, pero el guión nunca explora con sensibilidad los temas de comprensión, fragilidad y ceguera que propone en un principio, provocando que la película no logre elevarse más allá de una pieza de entretenimiento superficial.

“Todo lo invisible” forma parte de la competencia de Largometraje Mexicano de FICM 2020.