Recientemente he visto un odio irracional al biopic en sí mismo. Si bien hay varias películas de este tipo con muchos clichés y convenciones, no es algo muy diferente a lo sucedido en otros géneros. Se les acusa de ser carnada de Oscar, de no tener verdaderas actuaciones pues los intérpretes se limitan a “imitar” manierismos de otras personas o de caer en una exploración superficial de las historias (como de Wikipedia). Cualquiera que afirme eso debería ver Ferrari, la nueva película de Michael Mann, quien encuentra en un acontecimiento famoso la oportunidad para darnos un trabajo muy bien ejecutado y con una voz muy distintiva.

En medio de una crisis financiera en 1957, Enzo Ferrari (Adam Driver) pone todas sus esperanzas en obtener la victoria en la reconocida carrera Mille Miglia con su nuevo corredor Alfonso de Portago (Gabriel Leone). Al estrés de las deudas y la presión por ganar se suma la tensa relación con su esposa, Laura (Penélope Cruz), de la cual depende para lograr sus objetivos y con quien las cosas no han estado bien desde la muerte de su hijo. De hecho, podría perderlo todo si ella se entera de que él tiene otra familia con su amante, Lina (Shailene Woodley), quien insiste en que Enzo reconozca a su pequeño, Piero (Giuseppe Festinese), como su heredero.

Penélope Cruz (Madres paralelas) es brillante cada que ilumina la pantalla con su presencia. Aunque tal vez iluminar no sea la palabra adecuada, pues tanto el maquillaje como la fotografía la mantienen a oscuras con una cara llena de ojeras, cabello despeinado y su rostro ensombrecido incluso a plena luz del día, como si la madre en luto llevara un velo permanente de dolor. Estos aspectos no ahogan la interpretación de Cruz, sino que ayudan a resaltarla: la actriz interpreta a Laura Ferrari como una mujer llena de tristeza, ira y resentimiento, una presencia imponente cuyo sufrimiento ahoga todo a su alrededor. Tanto en sus monólogos como en sus momentos callados, Cruz opaca a quien se ponga enfrente, lo cual nos hace entender por qué es tan abrumadora para Enzo.

El apartado técnico también está muy bien logrado. La fotografía de Erik Messerschmidt logra transmitir con efectividad el estado emocional de Enzo, no solo oscureciendo el ambiente cuando está con Laura, sino llenándolo de vida en sus momentos con Lina y Piero. Las carreras también están llenas de emoción y la cámara de Messerschmidt es fundamental, junto con el sonido, para lograr este efecto, sobre todo en una impactante secuencia de un accidente para la cual tuvieron que grabar en una sola toma a 6 cámaras.

Cuando Ferrari luce, lo hace con excelencia: Mann sabe manejar la tensión y sorprender a los espectadores en momentos específicos con mucha fuerza. Sin embargo, por cada chispazo de grandeza, hay grandes lapsos en los cuales la cinta se siente distante y fría. Esto se debe al carácter de su protagonista, quien en la propia película afirma haber construido un muro entre sus sentimientos y los del resto del mundo. Esto es transmitido con precisión tanto por Driver (White Noise) como por el director, pero el resultado es un trabajo cuyas implicaciones emocionales nos quedan claras en la teoría, pero con las cuales en la práctica es difícil conectar. Tal vez hubiera ayudado aceptar más la naturaleza melodramática de la historia.

El guion, en extremo ambicioso, contribuye a este sentimiento, pues salta de tema en tema sin pausa o tiempo para respirar, aunque con una buena integración de todos los elementos. Si no conoces mucho de carreras o cómo funcionan, la película no hace mucho por aclarártelo. Esta decisión ayuda a darle realismo a la historia, pues en la vida real no es como que todos vayamos explicando en qué consiste nuestro trabajo y pasiones con gente ya conocida, pero a costa de mantener alejados a quienes no estén interesados en el tema. Entre los problemas maritales de los Ferrari, el peligro financiero de la compañía, la relación de Enzo con los medios, las implicaciones de la carrera, las ambiciones de Alfonso de Portago y la rivalidad con otras empresas, hay mucho por digerir en tan solo dos horas.

Michael Mann nos da un trabajo bastante pulcro cuya precisión técnica a veces opaca la emoción propia de su historia. Tiene muy buenos momentos y actuaciones sólidas, pero su protagonista mantiene a la audiencia a distancia. Aún así quienes disfruten las carreras, estén familiarizados con los acontecimientos mostrados o no tengan miedo a ser retados por su enredada narrativa encontrarán un producto del cual hay mucho para disfrutar.

“Ferrari” está disponible en cines mexicanos.