Para poner en contexto la magnitud de la tragedia por la que atravesaron los Von Erichs, legendaria familia de luchadores que dominó la escena sureña estadounidense en los años 80, el director Sean Durkin literalmente tuvo que eliminar a un hermano de la historia –Chris Von Erich, quien se suicidó en 1991– porque era demasiado, “una tragedia más que el filme no podía soportar”. Y es que el título Garra de Hierro (The Iron Claw) no solo es una alusión al famoso movimiento de los Von Erichs, sino también a las letales consecuencias que el agarre implacable que la masculindad tóxica, transmitida por el patriarca Fritz (un extraordinario Holt McCallany), tuvo en los hermanos.

Durkin se centra en Kevin Von Erich (Zac Efron), el hermano mayor (si no tomamos en cuenta a Jack Jr. que murió a los 6 años) para contar esta dolorosa historia. Kevin parece ser el hijo escogido por Fritz para continuar su legado luchístico y lograr lo que él nunca pudo: ser el campeón mundial de la NWA (el campeonato más prestigioso de la industria a principios de los 80). 

Mientras el joven Mike (Stanley Simons) intenta ocultar su amor por la música de su controlador padre, Kerri (Jeremy Allen White) y David (Harris Dickinson) se unen a Kevin en el ring para formar un equipo cuyo éxito, además de traer grandes alegrías a los hermanos, incrementa la obsesión de Fritz por el preciado campeonato. Con los triunfos aumentan las presiones y las demandas de un padre (también su jefe en la federación) que no deja respirar a sus hijos. Si alguna preocupación surge, Fritz y su esposa Doris (Maura Tierney) se lavan las manos y repiten la frase “resuélvanlo entre hermanos”.

La primera mitad de Garra de Hierro se dedica a mostrar el amor fraternal entre los Von Erichs y la magnitud de la lucha libre en sus vidas, así como las micro y macroagresiones de su padre que constantemente los compara entre sí y poco a poco los presiona a cumplir su egoísta meta. Aquí destaca Harris Dickinson (Scrapper), quien, muy adhoc al papel en turno del hermano carismático con habilidades superiores en el micrófono (clave para triunfar en la lucha estadounidense), llena de energía la pantalla y, con ello, logra crear la conexión humana más fuerte del filme. Como Pam, pareja de Kevin, la coqueta y eléctrica Lily James (The Dig) es también memorable pese a las limitantes que el guion impone en su personaje.

En la segunda mitad, la dirección de Durkin mantiene la tensión y el tono sombrió. La vida de los Von Erichs cae en picada y el director se asegura de no mostrar ni un solo chispazo de esperanza. Por ejemplo, Durkin omite el momento en el que Mike sale de coma –sin duda un alivio esperanzador para la familia– y se va directamente a mostrar, mediante la deprimente escena de la conferencia de prensa, las secuelas provocadas por el incidente en el hospital. Es así que la película mantiene la presión en tu pecho para llevarte por rumbos cada vez más oscuros.

El gran problema de Garra de Hierro es que los personajes de Durkin (también guionista) no logran escapar de cierta unidimensionalidad. Kevin es bonachón, Kerry es intenso, David es carismático, a Mike le gusta la música y Fritz es un machito opresor, pero es difícil encontrar algo más allá de estas características y adjetivos en los personajes.

Si bien la avalancha de tragedias en sí es suficiente para impulsar a la película, el director no se toma el tiempo de establecer con mayor profundidad a sus personajes o su sufrimiento, ni tampoco en darle respiro a la película entre cada muerte. Como consecuencia, no existe una conexión emocional fuerte con los hermanos y sus muertes se sienten como un desfile mecánico de miseria en el cual no hay tiempo para el duelo, lo cual a su vez hace que el impacto de la historia se diluya. Aquí hizo falta pasar más tiempo con los hermanos y ahondar en la personalidad de cada uno, en sus metas y sus gustos, y también reflexionar con mayor detenimiento en lo que Kevin y el mundo perdieron con su partida. 

Durkin tampoco maneja de manera convincente el arco de Kevin en la segunda mitad del filme. ¿Por qué él logró escapar del ciclo trágico? ¿Cómo es que él se dio cuenta de la influencia tóxica de su padre? Durkin sugiere que la respuesta a estas preguntas es Pam: es ella quien le advierte a Kevin que su padre es un controlador. Entonces, ¿por qué no profundizar en esto? ¿por qué relegar a su persoonaje en vez de mostrar su papel clave en la supervivencia de Kevin? La última escena hubiera sido todavía más poderosa de haber desarrollado este tema.

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“The Iron Claw” | Cortesía de A24

Si bien estos elementos narrativos flaquean, la sobresaliente e inmersiva construcción del mundo luchístico compensa la mayoría de las deficiencias. Con ayuda del diseñador de producción James Price, la diseñadora de vestuario Jennifer Starzyk y el trabajo como coordinador de stunts de Chavo Guerrero Jr. (veterano siempre confiable en series y películas sobre lucha), Durkin recrea de manera efectiva la época de los territorios de la lucha norteamericana: las arenas, los luchadores, los cuadriláteros, la vibra, los promos (luchadores hablando en el micrófono) y el estilo luchístico, casi todo (abajo la excepción) se siente auténtico. Asimismo, el director utiliza la brillante escena de la primera cita entre Pam y Kevin para explicar de manera concisa e inteligente los puntos clave de la lucha libre para que audiencias causales comprendan qué es, cómo funciona y qué representaba ser campeón en esa época.

Durkin se enfoca en la intensidad de la lucha libre y evita mostrar su lado caricaturesco, tarea nada fácil dada la naturaleza inherente de este deporte teatral. Esto es logrado con ayuda de la fotografía de Mátyás Erdély que captura la acción en el ring con crudeza: las luchas se sienten como sudorosas y dolorosas batallas. Asimismo, el excelente diseño sonoro potencializa la fuerza de cada golpe y el furor e importancia del público en cada contienda. Todos estos elementos venden exitosamente la idea de que los Von Erichs eran ídolos texanos que atraían a audiencias masivas en los años 80 y con ello, queda clara la influencia y presión que el deporte imponía en sus vidas.

La única excepción a todo lo anterior es el desastroso Ric Flair de Aaron Dean Eisenberg. Tal vez audiencias casuales no se inmuten, pero cualquier fan auténtico de lucha libre fácilmente se dará cuenta de que Eisenberg no logra capturar, ni siquiera cerca, el espíruto del legendario Nature Boy. Dada la relevancia de sus escenas para mostrar el debacle de la familia Von Erich, el trabajo de Eisenberg es un gigantesco y calamitoso distractor.

Aunque la historia de los Von Erichs probablemente hubiera funcionado mucho mejor en un formato más largo, Garra de Hierro es un efectivo y cautivador relato sobre el ciclo de violencia generacional ocasionado por la masculinidad tóxica. En los últimos y devastadores minutos, un soberbio Zac Efron plasma todo el peso de esta violencia, pero también la valía de escapar de ella: después de años de reprimir sus sentimientos de ira y dolor, legado de su padre, este imponente y musculoso adonis llamado Kevin Von Erich finalmente rompe en llanto. Al caer, las lágrimas lo liberan a él y a sus hijos de las cadenas ponzoñosas que tanto daño le hicieron al resto de su familia.

“Garra de Hierro” o “The Iron Claw” ya está disponible en cines mexicanos.