Siempre me ha parecido triste ver a animales domésticos poco “populares” (peces, iguanas, tarántulas, tortugas, etc…) encerrados en una pequeña jaula: ahí pasan toda su vida, sin la oportunidad de conocer aunque sea un poquito más de lo que la naturaleza ofrece. Leo, película animada dirigida por Robert Marianetti, Robert Smigel y David Wachtenheim, utiliza esta reflexión como su premisa pero pierde la oportunidad de explorarla con la profunidad que merece. Y es que, para bien y para mal, el filme fue coescrito por Adam Sandler.

La lagartija Leo (Adam Sandler y Gerardo García en español) y la tortuga Squirtle (Bill Burr / Mauricio Castillo) son las mascotas de un salón de clases de quinto grado. Durante décadas han visto pasar a todo tipo de estudiantes y maestras, y están listos para una nueva tanda de alumnos. Un día, Leo se entera de que está muy cerca de alcanzar los 75 años, esperanza de vida de las lagartijas, así que se propone escapar y probar todas las cosas que nunca pudo hacer. 

Pero antes de que te emociones por ver el desarrollo de estas ideas existencialistas, la película cambia de rumbo. Cuando una amargada maestra (Cecily Strong / Gaby Cárdenas) sustituta obliga a cada alumno a llevarse a casa y cuidar de Leo durante un fin de semana, nuestro protagonista se convierte en una especie de lagartija terapeuta que utiliza su amplia experiencia en el aula para aconsejar y cambiarle la vida a los conflictuados estudiantes prepubertos. 

Si bien Leo está más preocupada en los humanos, ocasionalmente regresa a sus intenciones animalistas de manera intermitente y un tanto errática, pues así como podemos tener sencillas reflexiones sobre lo cruel que es encarcelar animales, también hay ideas irresponsables que utilizan la crueldad animal para hacer reír, como un gato pintado de verde (peligrosísimo) a manera de juego, así como discursos deconcertantes sobre la necesidad de “conocer” al humano antes de juzgarlo, una contradicción con respecto al especismo normalizado de nuestra sociedad.

A todo esto agregamos la subtrama sobre amistad y celos entre Leo y Squirtle, números musicales y cuantiosos personajes secundarios que quedan en el olvido después de ser el enfoque de encantadoras escenas. Leo no se decide qué quiere ser y a quién va dirigida; su tono caótico merma el ritmo y su calidad narrativa. Sin embargo, esto no quiere decir que estemos ante una obra fallida, pues como buena película de Adam Sandler (Garra), aquí hay mucho corazón y diversión.

Con ayuda de una vibrante paleta de colores y escenarios muy luminosos, el sencillo estilo de animación funciona para transmitir las intenciones optimistas de la historia. Los mejores chistes provienen de detallitos, como Leo limpiándose la cola en una almohada o un dron dolido atascándose de helado, pero también del diseño de personajes, tales como un poni que sueña con la liberación y una horda de diveridos kindergardianos. Asimismo, las huellas de Sandler son evidentes no solo en el corazón de la historia sino también en los chistes más adultos, referencias basquetboleras y la abundante comedia física.

Leo pierde la oportunidad de explorar la temática de mortalidad que promete en sus primeros minutos y como resultado el arco de su encantador protagonista no se siente del todo completo, sin embargo la calidez, dulzura y buen humor de la película son suficientes para sobrellevar sus inconsistencias. Aunque lejos de ser la mejor película animada o musical del año, es una gran opción para reír en familia.

“Leo” ya está disponible en Netflix.