Maestro, de Bradley Cooper, no está interesada en relatar los grandes éxitos en la carrera de Leonard Bernstein, legendario conductor estadounidense y compositor de memorables trabajos como la música de West Side Story y On the Waterfront. Más bien, esta es una sinfonía romántica sobre la vida privada de Bernstein, especificamente su bisexualidad, su rol como padre de familia y la complicada relación que sostenía con su esposa Felicia Montealegre.

El ascenso de Bernstein (interpretado por Cooper) explotó en abril de 1943 cuando le pidieron que reemplazara a un enfermo Walter Bruno como conductor de la Filarmónica de Nueva York. Aunque este también es el punto de partida de Maestro, Cooper no indaga mucho en cómo este suceso impactó la fama de Bernstein, sino que se detiene para mostrarnos su relación con un músico llamado David (Matt Bomer) y a continuación el momento en el que conoció a Felicia (Carey Mulligan). La conexión es inmediata y a partir de este punto la película se convierte en una exploración de cómo esta relación amorosa sobrevive a diversos obstáculos como la fama dual, el ego y los amoríos indiscretos de Bernstein. 

Si bien el guion, escrito por Cooper y Josh Singer (Spotlight), cuenta con una estructura lineal y hasta cierto punto común en cuanto al biopic se refiere, la dirección de Bradley Cooper convierte a Maestro en un bello espectáculo en donde abundan las florituras estéticas, particularmente en la primera mitad. Por ejemplo, para hacer algunos saltos en el tiempo, la editora Michelle Tesoro utiliza exquisitas transiciones que, en un mismo escenario, llevan a un personaje de un momento temporal a otro. Más tarde, una brillante escena musical representa el conflicto de Bernstein al estar enamorado de Felicia sin querer dejar de lado su atracción hacia los hombres.

El diseño de vestuario y de producción cumple con creces el trabajo de transportarte a cada época por la que ataviesa esta historia. Estos saltos en el tiempo también se ven reflejados, de manera impecable gracias al trabajo de Kazu Hiro, en el maquillaje y prostéticos de los protagonistas. Por otro lado, la enérgica fotografía de Matthew Libatique captura el torbellino de romance y éxito por el que atraviesa la pareja; también encontramos geniales composiciones en donde las sombras y el posicionamiento de los personajes reflejan el posible conflicto que se avecina entre la pareja. 

Además de cambiar de relación de aspecto y pasar de blanco y negro a color, la segunda mitad de Maestro reemplaza la espectacularidad de sus decisiones estéticas por sutileza y se enfoca con mayor fuerza en el aspecto actoral para indagar en los conflcitos maritales. Felicia, quien pronto se convierte en una coprotagonista, le permite a Bernstein llevar una “doble vida”, pero llega un punto en el que las indiscreciones y los amoríos son demasiados: el resentimiento crece y con ello tensiones que ponen en jaque el amor que parecía tan puro en la primera mitad de la historia. 

En una entrevista que Bernstein y Felicia dan para televisión, el primero explica las diferencias entre su vida como conductor y como compositor: una requiere introversión y la otra extroversión. Esta excelente escena es una metáfora de los puntos centrales de Maestro y el balance que Bernstein intenta hacer de su vida: es un artista que está en constante movimiento y evolución, pero que también es un esposo y padre de familia. Lleva una vida extravagante en donde no esconde su sexualidad pero a costa de arriesgar sus responsabilidades en casa.

El problema de Maestro es que no indaga con determinación en ese lado creativo de Bernstein ni tampoco en las consecuencias que los variantes niveles de fama entre la pareja provoca en su matrimonio. Asimismo, Cooper no explica de manera satisfactoria el por qué Felicia aceptó durante tanto tiempo las aventuras de su esposo. ¿Qué acuerdo tenían?

Un punto fascinante en la primera mitad del filme es cuando Bernstein es cuestionado por intentar hacer música para el mundo del cine y el teatro, algo que podría poner en jaque su carrera más “prestigiosa” como conductor. Aquí hay vibras biográficas del director, quien en años recientes ha participado en una llamativa mezcla de proyectos y roles: la voz de un mapache traumatizado en un blockbuster (Guardians of the Galaxy), la interpretación de un productor desquiciado y un monstruoso estafador en películas de autor (Licorice Pizza y Nightmare Alley), la dirección de un drama musical sobre le precio de la fama (A Star is Born) y la producción de un proyecto que intenta convertir la historia de un villano de cómic en un drama psicológico de prestigio (Joker). Viniendo de la trilogía de The Hangover, tal vez Cooper vio un poco de Bernstein en su persona: el temor de no ser tomado en cuenta con seriedad y de no poder divertirse con los proyectos que quiera debido al elitismo de la industria. Por todo esto es decepcionante cuando Maestro súbitamente abandona estas preocupaciones, mismas que se quedan en lo superficial.

Quizás la justificación es que todos estos problemas son efímeros cuando los colocamos junto a la pasión de dos personas profundamente enamoradas, después de todo, Maestro es una película romántica antes que un biopic. Esta es una justificación fácil de comprar gracias a las excelentes actuaciones de Mulligan y Cooper, quienes además de sacar chispas juntos, brillan en papeles truculentos.

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“Maestro” | Cortesía de Netflix

Aunque debemos recordar que está en los zapatos de una actriz latinoamericana, la británica Carey Mulligan (She Said) interpreta a Felicia con fortaleza y se aleja de victimizaciones: nunca es solo “la esposa” sino una igual. En los inolvidables últimos 30 minutos, Mulligan se roba la película entera y tras su ausencia, ya no existe la misma energía. Tal vez esto sea a propósito: Bernstein ya no es el mismo sin el amor de Felicia. 

Cooper llena de carisma la pantalla: es el centro de atención durante las escenas de fiestas y casi puedes sentir el cariño con el que abraza a otros personajes. Sus intercambios con Mulligan son eléctricos: los momentos que comparten en un parque y en una cama (cerca del final del filme) desbordan amor y melancolía en iguales cantidades. 

Por supuesto, la interpretación de Cooper también plasma la pasión de Bernstein por el arte. El director, que desde pequeño ha estado obsesionado con conducotes y orquestas (específicamente desde que vio a Bugs Bunny hacerlo), se asesoró con Gustavo Dudamel y Nézet-Séguin, conductores de talla mundial, para interpretar las escenas de dirección de orquestas. Toda su preparación y poderío actoral desembocan en una impresionante recreación de la famosa “Sinfonía n.º 2 “Resurrección” de Mahler que Bernstein dirigió en 1973. La escena, que llega en un momento clave de la trama, es un espectáculo absoluto en donde, como podrás verificar en el pietaje real de la sinfonía, Cooper evoca toda la expresividad y energía volcánica que hizo a Bernstein un conductor tan famoso, y con ello nos permite transicionar magistralmente hacia el tercer acto de la película: el fuego con el que vemos a Bernstein conducir representa su renacer, es el mismo fuego con el que aviva las llamas de su amor por Felicia, quien a continuación, de la mano de una extraordinaria Mulligan, nos lleva a un capítulo que también te quita el aliento pero de una manera muy diferente. Eso es Maestro: una sinfonía de amor y arte que se balancea de un lado al otro, a veces de forma apresurada y errática, pero sin despegar la mirada del núcleo de esta historia: el amor entre dos artistas.

“Maestro” ya está disponible en cines selectos y se estrena en Netflix el 20 de enero.