Misántropo es una palabra de origen francés, misanthrope, empleada por primera vez por el escritor Françoise Rabelais, quién unió los términos griegos miseîn, odiar, y ánthropos, hombre o persona; el resultado fue una palabra empleada para denominar no a una persona con odio hacia los seres humanos o el hombre (para referirse a todos los humanos en general) sino más bien habla de quién huye del trato con sus semejantes y/o tiene una gran aversión hacia ellos. Misántropo (To Catch a Killer) también es el nombre de la más reciente película del realizador argentino Damián Szifron (Relatos salvajes), un título adecuado para este brutal thriller policiaco que crítica algunas de las instituciones más importantes de los Estados Unidos.

Es año nuevo en la ciudad de Baltimore. La gente festeja con sus familias, amigos y conocidos, están rodeados de música, bebidas, decoraciones; los fuegos artificiales comienzan y ayudan a disfrazar los disparos de un tiroteo que deja 29 personas muertas. No hay conexiones entre las víctimas, todas son de distinta complexión, sexo, edad, raza y clase social. Este suceso moviliza al FBI para comenzar una investigación a cargo de los agentes Lammark (Ben Mendelsohn) y MacKenzie (Jovan Adepo), sin embargo, el nulo avance en el caso les lleva a involucrar a la oficial Eleanor Falco (Shailene Woodley) por su acercamiento poco convencional a la psicología del asesino. Ahora se encuentran en una carrera para atrapar al responsable de las muertes pero también contra las cuestionables instituciones del gobierno estadounidense.

El cine de Szifron constantemente tiende a cuestionar y/o subvertir conceptos e instituciones importantes para nuestra sociedad (por ejemplo el segmento “Hasta que la muerte los separe” en Relatos salvajes) y esta película no es la excepción. El eje central del guion, coescrito junto a Jonathan Wakeham, es la investigación para dar con el paradero del asesino, sin embargo lo más importante de la cinta no se encuentra en la confrontación final con el criminal ni en algún giro inteligente a la mitad de la cinta, más bien está en los diálogos y la construcción de algunas secuencias donde los guionistas plantean una fuerte crítica hacia los policías racistas y su persecución a las minorías, la burocracia del FBI, la necesidad constante de los políticos de lucir como salvadores ante la gente, los medios de comunicación reaccionarios o la poca importancia dada a la salud mental por la sociedad. Afortunadamente este elemento de crítica no se lanza a la cara del espectador ni se reafirma con largos monólogos, todo es sutil, está ahí para quien quiera y pueda verlo, y genera momentos bastante potentes y aterradores.

Los apartados técnicos refuerzan los comentarios sociales del guión, especialmente la fotografía de Javier Julia (Argentina 1985), quién ubica la cámara con maestría logrando comunicar de manera silenciosa todos los intereses de Szifron. La primera toma de la película, por ejemplo, es un plano general de la ciudad de Baltimore, sin embargo está invertida, vemos los edificios de cabeza y el río en el suelo, una idea que nos coloca de inmediato en la cabeza del asesino y su percepción de la sociedad. En otras ocasiones, Julia aplasta a los personajes encerrándolos en encuadres opresivos o empleando angulaciones holandesas para crear un desequilibrio en su psique. Todo esto habla de la excelente dirección de Szifron, quien logra darle nueva vida a una historia ya conocida.

Las actuaciones de todo el elenco aciertan en transmitir las intenciones del guion: Shailene Woodley (Divergente) es extraordinaria como la oficial Eleanor Falco, una mujer con heridas profundas y problemas sin resolver pero dispuesta a enfrentar sus demonios para ayudar a los demás. Su contraparte sería Ralph Ineson (La Bruja) quién nos da un personaje roto y maltratado por la sociedad; Szifron establece una conexión entre ellos a través de sus experiencias traumáticas: durante su confrontación, Julia emplea planos iguales para colocarlos al mismo nivel, y representar los constantes fallos del sistema hacia ellos, sin embargo pinta una delgada línea entre los dos personajes y establece una diferencia: algunos deciden cruzarla y otros no. 

Mendelsohn (Cyrano) también destaca interpretando a un agente experimentado que entiende el sistema de reglas y apariencias del gobierno, no se siente cómodo con él pero ha aprendido a sortearlo para seguir haciendo su trabajo. Esto es una de las críticas más duras de la película hacia el sistema burocrático del FBI: buscan obtener resultados de forma rápida para festejar con los políticos a la luz pública sin importar los métodos. Una de las secuencias más impactantes de Misántropo se construye alrededor del intento de arresto a un adolescente de rasgos árabes, el personaje de Mendelssohn lucha contra sus superiores argumentando que el chico no se encuentra armado y tampoco encaja con el perfil del asesino, sin embargo el resto de los agentes insisten en continuar. Todo termina con el chico lanzándose desde una ventana al verse acorralado. Poco tiempo después, el FBI confirma que no existían conexiones entre el chico y el caso.

Misántropo es una prueba más del talento de Damián Szifron como narrador: utiliza las formas de un thriller policiaco convencional pero lo llena de personajes interesantes y una crítica social brutal que no se tienta el corazón a la hora de mostrar los inmensos agujeros al centro de las instituciones públicas. El equilibrio se logra con el inmenso despliegue técnico de la película pues está al mismo nivel del guion, lo complementa y se ayudan mutuamente para entregarnos una película salvaje, entretenida y al mismo tiempo necesaria.

“Misántropo” o “To Catch a Killer” ya se encuentra disponible en cines.