Ridley Scott es un director poco constante en cuanto a la calidad de sus películas se refiere. Por un lado, no se puede negar que ha hecho filmes excelentes (varios de ellos clásicos) como Alien, Gladiador, Blade Runner y El último duelo. Sin embargo, por cada obra maestra hay también una terrible: Another Year, Robin Hood y Éxodo son prueba de ello. Su nuevo trabajo, Napoleón, lastimosamente se inclina más por el segundo grupo: es una pieza que trata de abarcar muchísimos temas, pero se ahoga ante su incapacidad de balancearlos.

Tras la decapitación de María Antonieta, el filme sigue el ascenso de Napoleón Bonaparte (Joaquin Phoenix) desde sus días como soldado hasta su llegada al poder. A la par de sus conquistas militares, se explora su relación con su único gran amor: Josefina (Vanessa Kirby).

Hay secuencias épicas impresionantes en esta película: batallas con grandes ejércitos y mucha sangre. En estos momentos se ve la razón por la cual los soldados y la gente admirarían a este hombre: cómo logra sacar provecho de las circunstancias y vencer las situaciones más adversas. A la par, Scott da un curioso contraste entre esta grandeza y las inseguridades de Napoleón: con un inesperado humor, el conquistador es puesto en situaciones ridículas que nos dejan ver a la persona detrás de la leyenda.

Si el contraste entre la vida personal y profesional del militar fuera el hilo guía de la película, el resultado podría haber sido bastante satisfactorio; sin embargo, ni Scott ni el guion saben si enfocarse en esto o en su relación con su esposa Josefina. Aunque es interpretada con destreza por Vanessa Kirby (Fragmentos de una mujer), la emperatriz nunca tiene suficiente tiempo ni profundidad como para darle la importancia que la película supuestamente quiere: Josefina viene y va de la historia de forma inconstante; algunos conflictos entre ella y Napoleón tienen gran importancia, hasta que de repente son dejados de lado sin pena ni gloria; y la química entre Kirby y Joaquin Phoenix (Beau tiene miedo) es prácticamente inexistente, salvo en una escena debajo de una mesa de comedor.

Al igual que en su telenovelesca La casa de Gucci, la precisión histórica o narrativa no es una preocupación de Scott: pese a que pasan décadas en pantalla, Josefina y Napoleón se siguen viendo casi igual de jóvenes durante toda la película; todos hablan en inglés y tienen acentos diferentes, lo cual es particularmente extraño cuando luchan contra los ingleses pero todos gritan en la misma lengua; los saltos en el tiempo son tan abruptos y extrañamente editados que a ratos da la impresión de que pasaron meses o años en una misma fiesta. A diferencia de la película de Lady Gaga, aquí Scott no sabe si debe establecer un tono serio y solemne o aceptar la ridiculez de sus planteamientos.

Con una duración de casi 3 horas, Napoleón no hace mucho por esclarecer los misterios detrás de un icónico personaje. Su caos narrativo evita que las actuaciones de sus dos grandes actores luzcan, más bien termina por hundirlos junto con toda la película en un titánico pero fallido intento de epicidad. Los vestuarios, ambientación y batallas son bastante atractivos a la vista, pero carecen de una historia que les dé un significado más allá de ser un festín para los ojos.

“Napoleón” ya se encuentra disponible en cines mexicanos. Llegará próximamente a Apple TV+.