El director Fernando Frías de la Parra conquistó tanto al público como a la crítica con Ya no estoy aquí y por eso mismo su nueva película, No voy a pedirle a nadie que me crea, adaptación de la novela homónima de Juan Pablo Villalobos, generaba cierta expectativa, sin embargo el resultado final es mixto: es problemático en su argumento e intenciones pero brillante en sus actuaciones y dirección.

Juan Pablo (Darío Yazbek Bernal) es un estudiante de literatura que está a punto de irse a Barcelona para hacer un doctorado acompañado de su novia Valentina (Natalia Solián). Días antes de partir, su primo se pone en contacto con él para ofrecerle un negocio con sus socios, quienes resultan ser parte de una organización criminal. Tras asesinar a su primo, los criminales amenazan a Juan Pablo y lo obligan a seguir una serie de instrucciones en Barcelona cada vez más ilógicas y sin sentido para proteger a Valentina y a su familia en México. Consciente de lo extraño de su situación, Juan Pablo comienza a escribir una novela contando todo.

El argumento de No voy a pedirle a nadie que me crea es un absurdo completo. El guion, adaptado por el mismo Frías de la Parra y María Camila Arias (Pájaros de verano), pretende ser inteligente y mordaz, hacer una crítica incisiva al mismo tiempo que maneja varios niveles de metaficción, desgraciadamente no logra nada de esto pues jamás se establecen sus intenciones: ¿acaso es una crítica a la migración por cuestiones académicas? ¿Al crimen organizado? ¿Intenta burlarse de la teoría feminista? ¿Quizás está tratando de hacer un comentario sobre los estereotipos y sus funciones narrativas en la construcción de una historia? 

La respuesta jamás llega y causa mucha frustración en el espectador pues pareciera que Frías de la Parra se coloca en una posición superior para criticar todo y a todos pero al final no da un mensaje claro. Esto, en consecuencia, transforma la historia en una serie de giros absurdos e inconsistentes donde se pierde el hilo y el propósito de la narración, ¿para qué nos está contando todo esto?

A pesar de todos estos problemas, la dirección de Frías de la Parra es magnífica. El director sabe perfectamente cómo crear tensión a través de sus encuadres y del uso del sonido. Además, establece la composición de muchas de sus escenas tomando en cuenta la arquitectura de los sets y locaciones, lo cual da como resultado tomas interesantes y novedosas; el director tiene la capacidad de llevarnos por una historia llena de personajes variados—de diferentes nacionalidades, clases sociales y profesiones— de manera orgánica, sin sobresaltos y dándole su espacio a cada uno para crecer y tener algo que hacer en la película.

Natalia Solián (Huesera) se roba la película con su interpretación de Valentina, un personaje melancólico que busca su propósito y trata de entenderse a sí misma; a través de Valentina reaccionamos al comportamiento errático de Juan Pablo y a los giros disparatados de la trama. Natalia utiliza todos sus recursos actorales para transmitir la soledad y aislamiento al que es sometido su personaje. 

En No voy a pedirle a nadie que me crea,Frías de la Parra nos pide exactamente eso: creer todos sus planteamientos y tomarlo en serio sin saber con seguridad dónde terminará todo. El viaje es disfrutable gracias a las interpretaciones y a la gran calidad de sus apartados técnicos, sin embargo estos elementos solamente adornan un relato vacío que no dice nada interesante.

“No voy a pedirle a nadie que me crea” ya está disponible en Netflix.