Como directora de Promising Young Woman, Emerald Fennell demostró su capacidad para montar composiciones estéticas atractivas y utilizar elementos técnicos para atraparte, pero al mismo tiempo, como guionista, demostró su desidia y falta de preparación para abordar temáticas sociales complejas. En su nuevo trabajo, Saltburn, ocurre algo similar ―composiciones visualmente atractivas y un guion que no entiende la problemática en turno― pero a un grado bajo y repulsivo, no por sus escenas supuestamente “impactantes” (spoiler: no lo son), sino por la patética banalidad de su discurso y sus intenciones tan descaradas de apelar a la generación tiktokera.

Oliver Quick (Barry Keoghan) es un joven becado que comienza a estudiar en Oxford, en donde es inmediatamente discriminado por su ropa y posición económica. Sin embargo, pronto se cruza caminos con alguien que parece su opuesto: Felix (Jacob Elordi), un popular y apuesto ricachón. Poco a poco, Oliver se gana el aprecio del amable Felix, quien padecido por su historial de sufrimiento (padres adictos, familia pobre) se vuelve su amigo y lo invita a pasar el verano en Saltburn, su mansión. Aquí, es recibido por su adinerada familia: Lady Elsbeth (Rosamund Pike), Sir James (Richard E Grant) y su hermana menor Venetia (Alison Oliver).

Nuestro protagonista rápidamente se gana la confianza de casi todo el mundo y con ello pone en marcha su obvio y maquiavélico plan de dividir, conquistar y crear caos en esta condescendiente pero amable familia, algo que le resulta muy fácil. Verás, según Emerald Fennell, la gente rica es ingenua e inocente, simplemente hacen preguntas ofensivas porque no están en contacto con el mundo, ni siquiera conocen dónde queda Liverpool. No es su culpa, pobrecitos. Según Fennell, una directora blanca de origen privilegiado, los chicos becados son sociópatas que harán todo, desde lamer una vagina con menstruación hasta asesinato, con tal de escalar posiciones económicas y quedarse con el dinero de los ingenuos pero bienintencionados ricos. 

Este manejo de dinámicas de poder entre clases sociales es un contructo unidimensional, vacío y predecible que Fennell utiliza para intentar transgredir y provocar. Para ello se apoya de composiciones visualmente atractivas que enaltecen la belleza de sus protagonistas y de la arquitectura de Saltburn; la fotografía de Linus Sandgren (Babylon) destaca la decadencia de esta familia rica y exitosamente crea una atmósfera que combina elegancia y frialdad. Ya sea Jacob Elordi fumando frente a un vitral o leyendo un libro de Harry Potter sin playera mientras chupa una paleta, Saltburn tiene tomas memorables.

El problema es que todos estos elementos caen en la indulgencia, pues la película está más preocupada por orquestar pequeños momentos impactantes o visualmente espectaculares, que en desarrollar a sus personajes o su crítica a las clases sociales. Y es que Saltburn en realidad está compuesta por instantes de supuesto shock, unidos torpemente los unos con los otros. Desde el marketing es evidente el plan de Fennell: que su película se vuelva viral a través de cuadros y escenas de 10 segundos en redes sociales, con énfasis en TikTok. Ya puedo visualizar todos estos tiktoks de vatos gritones aclamando banalmente “¡WOW! Esta película está loquísima” mientras muestran, sin contexto, a Barry lamiendo el semen de una tina o una mano con menstruación. 

Pero una vez que ponemos en contexto toda esta indulgencia y todos estos intentos de provocación nos encontramos con una película con graves problemas de ritmo (Fennell solo pasa inorgánicamente de un shock al otro), con un protagonista sin motivaciones definidas o coherentes, con personajes secundarios sin matices. Todo resulta ser artificial y como consecuencia las “grandes” revelaciones no generan ni sorpresa ni conmoción. Si bien se agradece el humor negro y el cinismo del guion, las acciones de Barry no tienen ningún tipo de profundidad y de impactantes tienen poco: tal vez vayan a causar alarido en puritanos y señoras tipo “puede alguien pensar en los niños”, pero al no tener un trasfondo psicológico bien definido, en realidad carecen de poder

Peor aún es que a pesar de lo tosca que es su ejecución, Fennell no le tiene nada de confianza ni a su guion ni a su audiencia, pues en la última y tediosa media hora, procede a explicar con lujo de detalle el origen de cada giro, como si Barry Keoghan prácticamente corriendo por Saltburn con un cartel que dice “te voy a envenenar y quedarme con tu dinero, muahaha” no fuera suficiente. Tal vez esta exposición sea comprensible: al fin y al cabo el público meta de Fennell son usuarios puritanos de TikTok que consumen arte a través de clips de 10 segundos y probablemente sí era importante explicarles todo con peras y manzanas.

Los elementos más destacados son la dirección de casting y las actuaciones. Como ya vimos en The Banshees of Inisherin y The Killing of a Sacred Deer, Barry Keoghan sabe exactamente cómo interpretar a personajes extravagantes y que incomodan. Del otro lado, Jacob Elordi (Priscilla) es ideal para el papel de Felix: te derrite con su apariencia y te enamora con su encanto; Elordi es excelente, pues evoca sin problemas al clásico chico popular de la escuela pero también logra darle vulnerabilidad a su personaje pese a lo poco que llegamos a conocer de él.

Saltburn es una película con personas y sets hermosos, así como actuaciones carismáticas, pero poco más. Está destinada a convertirse en un generador de likes fáciles para creadores de contenido y eso es una lástima porque los personajes y el calibre actoral daban para mucho más. Quizás lo mejor sería que, en el futuro, Emerald Fennell no dirija guiones de Emerald Fennell.

“Saltburn” ya está disponible en Prime Video.

Imagen de portada cortesía de Amazon Studios.