The Glassworker, la primera película pakistaní animada a mano, es un triunfo. Al estilo anime y con una fuerte influencia de Studio Ghibli, este relato de amor imposible en tiempos de guerra dirigido por Usman Riaz cautiva gracias a sus elementos audiovisuales y a una narrativa que si bien llega a ser inconsistente, hila temas como el nacionalismo y el clasismo de manera efectiva.

Vincent (Sacha Dhawan) es un niño que vive en un pequeño pueblo pakistaní y de mano de su experto padre Tomas (Art Malik) se está curtiendo en el arte del vidio soplado; ambos dirigen el mejor taller de vidrio de la región. Cuando una guerra estalla, un prestigioso coronel llega al pueblo junto a su joven hija Alliz (Anjli Mohindra), una telentosa violinista que rápidamente se hace muy amiga de Vincent. Pero la paulatina evolución de esta relación a algo más que amistad es frenada constantemente por la presencia de la guerra y las consecuencias que ella conlleva: un ferviente patiotismo que trae consigo una marcada división ideológica entre Tomas y Vincent, pacifistas, y el resto del pueblo.

La relación entre el arte, el amor y la guerra es uno de los focos del guion de Riaz y Moya O’Shea. Vincent y Alliz conectan gracias a su afinidad por el arte, pero la guerra eventualmente comienza a influir de diferentes formas en la producción de ese arte: cuando al padre de Vincent es obligado a usar sus habilidades artísticas para crear herramientas de guerra, por un lado, y cuando los estragos de la guerra se convierten en una especie de inspiración para Alliz en su faceta de compositora, por el otro. Así como la guerra transforma la relación entre los personajes y su arte, también exacerba la discriminación hacia Vincent debido a las ideas pacifisas de su padre que contrastan con el espíritu nacionalista del resto del pueblo. Esta discriminación a su vez distancía indirectamente a Vincent y a Alliz. ¿Puede su amor, creado por el arte en primer lugar, sobrevivir al fantasma bélico que los acecha?

Pero algo muy extraño sucede en el tercer acto. Aunque hay un corazón roto involucrado, la película sufre un cambio de tono exageradísimo que se manifiesta a través de un personaje al borde de la locura y una escena de inesperado gore; esto no es para nada consistente con lo visto hasta ese punto de la película y hace que el final se sienta como el meme de “Oye tranquilo viejo”. Todo esto te saca de la historia en sus últimos minutos, pero la buena noticia es que será difícil olvidar a la película por tan arbitrario cambio de tono.

La influencia de Studio Ghibli es clara en la preciosa estética y feeling del filme: el resplandecer de los océanos, el enfoque en elementos naturales, el detalle en las ciudades y una marcada intención de destacar la cultura del país de origen, en este caso Pakistán. Esta influencia también la escuchamos en la música de Carmine DiFlorio que evoca sentimientos de magia, alegría y aventura: sin duda es uno de los fuertes de The Glassworker. También hay toques de fantasía que se manifiestan a partir de un djinn que inspira o guía a Vincent en ciertos momentos de la historia, pero esta idea no encaja orgánicamente en la narrativa. 

Las esculturas de vidrio creadas por Vincent y Tomas no solo son un auténtico deleite a la pupila, también funcionan a nivel narrativo como una inteligente metáfora de lo que es la vida: puede tomar distintas formas y ser hermosa, pero también puede ser corrompida, manipulada y hasta quebrarse en un abrir y cerrar de ojos.

En general, la animación cumple con lo prometido, pero a nivel de personajes no siempre está del todo pulida, pues no hay fluidez y definición en ciertos movimientos. Estas imperfecciones también aparecen en el departamento de doblaje, pues algunos miembros del elenco son demasiado monótonos en su ejecución y por lo tanto fallan en transmitir la emoción de sus personajes, en especial durante escenas clave.

Al no contar con la infraestructura necesaria en Pakistán, Usman Riaz y su primo Khizer literalmente fundaron un estudio de animación —Mano Animation Studios— para poder darle vida a The Glassworker. Que además el producto de esa creación (¿lo podemos llamar “Pakistanime”?) tenga tan destacado nivel artístico es impresionante. Tal vez la película sea imperfecta y le haga falta refinamiento tanto a nivel narrativo como estético, pero es cautivadora gracias al espíritu, pasión y calidad que posee. Sin duda esta primera experiencia será invaluable para Riaz y Mano Studios: su futuro es brillante.

“The Glassworker” tuvo su estreno mundial en el Festival Annecy 2024 en la sección Feature Films Contrechamp.