En esta tendencia por expandir los universos fílmicos, especialmente con precuelas, existe una línea muy delgada entre manchar o continuar con el éxito del concepto. Un lugar en silencio: Día uno, dirigida por Michael Sarnoski, a pesar de no contar con el elenco original, es sobresaliente porque construye una atmósfera mucho más agresiva e, irónicamente, ruidosa, mediante personajes nuevos y frescos. Es una propuesta que complementa de forma extraordinaria el universo construido por John Krasinski.

Todo parece transcurrir con normalidad en Nueva York, excepto para Sam (Lupita Nyong’o), una mujer que tiene un tipo de cáncer terminal. Cuando parece que la vida le sonríe un poco, el mundo comienza a enfrentarse a una inédita invasión alienígena de seres con capacidad auditiva ultrasónica. Ella, junto a su gato Frodo, lucha por sobrevivir, pero no existe demasiada esperanza… para nadie. 

Michael Sarnoski, director de Pig, es el encargado de darle vida a esta nueva historia dentro del universo de Un lugar en silencio que se enfoca en personajes nuevos y en cómo la ciudad de Nueva York vivió el primer contacto con los alienígenas. Sarnoski también escribe la propuesta y se alinea adecuadamente con los elementos que John Krasinski impuso desde el primer momento: escenas silentes apoyadas por el suspenso; jumpscares efectivos, pero sobre todo, la construcción de una atmósfera inmersiva que tiene como sostén principal la destrucción masiva provocada por numerosos monstruos, los cuales son más despiadados y feroces que los presentados con anterioridad.

Dicha atmósfera destructiva es contemplada a través de los ojos y la supervivencia de tres personajes: Sam (Nyong’o), Eric (Joseph Quinn) y Frodo, el gato de Sam. Si bien Sam es un personaje atípico y con gran capacidad para desesperar al espectador por su actitud displicente y sus acciones torpes, su arco de transformación es notable por la manera en que autopercibe su existencia a partir de la enfermedad que padece y la destrucción del entorno. Es un personaje que se vuelve complejo, no solo por la llamativa interpretación de Nyong’o, sino por la empatía que produce tanto hacia Eric, un joven con mucho miedo a la muerte, como hacia Frodo.

El director vuelve a colaborar con el cinefotógrafo Pat Scola, con quien trabajó en Pig, para crear planos sofocantes. Esto se logra no solo mediante una paleta de colores predominantemente gris que retrata la aniquilación de la Tierra y la confusión de los personajes, sino también a través de travellings que recuerdan en gran medida a los de Niños del hombre de Alfonso Cuarón. En estos planos, el espectador se convierte en acompañante del protagonista ante un panorama inusual. La fotografía tiene un elemento adicional que distingue esta propuesta dentro de la franquicia: nunca está quieta, siempre está en constante movimiento para mostrar el entorno, el sufrimiento de los personajes y el ataque desmedido de los enemigos.

Esta película no explota el silencio, sino el ruido. Ante el desconocimiento de lo que sucede en el mundo y cómo actúan los monstruos, junto con la paranoia colectiva, el ruido se convierte en un elemento crucial para el desarrollo de la trama, ya que genera acción sin descanso. Vemos multitudes corriendo de un lado a otro, a los protagonistas escapando y escondiéndose, explosiones y vidrios rompiéndose. En las películas anteriores, todo estaba establecido y el silencio era fundamental; aquí, al no haber nada definido todavía, el ruido se presenta como algo natural, pero también destructivo.

Un lugar en silencio: Día uno revitaliza exitosamente la franquicia. Aunque aún no revela el origen de los monstruos, muestra el primer contacto que tuvieron con los humanos. La película genera terror no desde el silencio, sino desde el ruido, explorando la agonía emocional y física de sus personajes principales. El final es poético y melancólico, y al mismo tiempo deja la puerta abierta para que algunos personajes vuelvan a aparecer.  

“Un lugar en silencio: Día uno” ya está disponible en cines.