Willy Wonka y la fábrica de chocolate (adaptación cinematográfica del libro de Roald Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate) es un clásico infantil famoso por la excéntrica interpretación de Gene Wilder en el papel principal, sus curiosos hombrecitos naranjas peliverdes llamados Oompa-Loompas y una secuencia psicodélica en un bote que parece de pesadilla. Más de 50 años después, el director Paul King nos trae ahora una precuela de corte muy diferente que explica los orígenes del personaje: Wonka, una aventura musical liderada por un alegre Timothée Chalamet.

El joven Willy Wonka (Chalamet) desea vender chocolate en el barrio más prestigioso del dulce para así llevar sus alocadas recetas a todo el mundo. Sin embargo, el cartel del chocolate hace hasta lo imposible para evitarlo y destruir su inquebrantable optimismo. Ayudado por una niña muy perspicaz llamada Noodle (Calah Lane) y otras personas de buen corazón, Willy pone en marcha un plan para hacer su sueño realidad.

De manera similar a Emily Blunt en El regreso de Mary Poppins, Chalamet (Dune) da su propia interpretación de Wonka en lugar de tratar de imitar los manierismos y carácter de la encarnación de Wilder. Si bien este Willy es excéntrico, tiene una ternura e ingenuidad que uno no asociaría con el personaje, algo que se justifica por el periodo en el que supuestamente ocurre la historia.

Si eres muy fan de la cinta de los 70, esta precuela tiene varios guiños a ella, sobre todo a nivel musical y con la inclusión de un Oompa-Loompa naranja interpretado por Hugh Grant. Sin embargo, fuera de estos detalles, la película tiene un humor y tono propios muy diferentes al de su predecesora. Así como su actor principal, Paul King crea un trabajo que se sostiene por sí mismo y no trata de vivir a la sombra del original (un poco al estilo de lo que hizo Craig Gillespie con Cruella).

Una decisión inteligente es que existe bastante distancia entre estos orígenes del personaje y su encarnación más adulta. Hay mucho que pudo haber pasado en medio de ambas películas, por lo que no es inverosímil que, en este universo, Willy Wonka tenga varios amigos y sea mucho más ingenuo de lo que recordamos en la otra película. También justifica que la trama no sea tan excéntrica como la antigua, pues en aquélla estábamos viendo el genio y locura de Wonka en su máximo esplendor tras años de haber consolidado su nombre.

Para esta cinta, el director prefiere darnos un músical clásico con bellos números, algo de humor absurdo (similar al de su bella Paddington), mucha ternura y suficiente acción para ser disfrutable tanto por grandes como pequeños. El diseño de producción es exquisito, una escena en particular hace que te den ganas de comer todo lo que se presenta en pantalla, y las secuencias musicales están bellamente orquestradas. Las canciones no son particularmente memorables (no puedo recordar ninguna fuera de las que tienen una relación directa con la original), pero tampoco desentonan y van acompañadas de un elaborado apartado visual.

Aunque es una película para toda la familia, no por ello los obstáculos son sencillos para el buen Willy. Los tres villanos son realmente pura maldad caricaturesca y hay todo un sistema listo para aplastar al joven soñador. De hecho hay un discurso bien integrado sobre cómo la iglesia, la policía y las empresas están coludidas en la perpetuación de sistemas de injusticia. Aunque sepas cómo va a acabar la historia, el guion tiene amenazas lo suficientemente grandes como para mantenerte intrigado de cómo hará el protagonista para escapar de ellas.

Uno de los peros de la película es la inclusión de un personaje que, por corrupción, acepta chocolates como forma de pago y conforme avanza la película engorda muchísimo al punto que esto se vuelve un chiste porque su peso es evidencia de su avaricia. Esta relación entre codicia y gordura es algo que viene desde el material original con el personaje de Augustus Gloop, cuyo mayor defecto es su sobrepeso, y si bien Wonka quiere señalar que incluso algo tan divertido como el chocolate en exceso tiene consecuencias graves, hacer de la gordura un chiste en sí mismo la relaciona directamente con algo moralmente negativo.

Wonka derrocha ternura, aventura y optimismo, con una pizca de nostalgia. Timothée Chalamet le da vida a un personaje icónico en una divertida comedia musical llena de energía. Aunque esta sea una pieza muy diferente al clásico de 1971, mantiene la esencia de su importante mensaje: no existe sueño muy grande cuando tienes un buen corazón.

“Wonka” se encuentra disponible en cines mexicanos.