Si bien la tecnología ha mejorado muchos aspectos de nuestras vidas, evidentemente también ha traído consigo una enorme cantidad de problemas de todo tipo, desde una mayor facilidad para esparcir discursos de odio hasta adicción a los celulares. El documental Can’t Feel Nothing parte de la curiosidad y preocupaciones del director David Borenstein, quien se considera un esclavo de las pantallas, en torno a esta insensibilidad generalizada provocada por la era digital.

Borenstein viaja por todo el mundo para explorar las maneras en cómo la tecnología es utilizada para manipular distintos sentimientos: ira, amor, miedo, alegría, humillación, orgullo, deseo y shock. Cada parada está llena de sopresas, rarezas y un poco de humor, pero también elementos alarmantes.

En EEUU seguimos a un luchador semiprofesional y troll que utiliza su tiempo libre para hacer enojar a gente en línea (ira); en Macedonia del Norte seguimos a una exactivista y cirujana que ahora gana más dinero escribiendo desinformación enfocada a gente paranoica del Internet (miedo); en China aprendemos sobre una agencia de mujeres streamers que ganan mucho dinero mediante donaciones de hombres ricos enamorados de ellas (amor); la dominatrix digital Mistress Harley nos muestra cómo sus abundantes seguidores se dejan grabar 24/7 y ser humillados por ella (humillación); un tiktoker ruso pagado por el gobierno demuestra cómo utiliza a niños para crear propaganda patriótica y militar (orgullo); un streamer chino gana dinero transmitiendo en vivo cómo se somete a asquerosas tareas (shock); y una agente de perros influencers recibe ayuda del cofundador de una firma que utiliza “computación afectiva” para profunidzar en las reacciones que genera cada can (alegría).

Este mundo de interesantes sujetos y temas hacen que Can’t Feel Nothing sea un documental siempre dinámico y entretenido, pues cada segmento transmite información enriquecedora y multifacética sobre los múltiples usos de la tecnología moderna. En medio de todo tenemos a un terapeuta experto en cómo el Internet afecta nuestras emociones, así como pietaje histórico de experimentos científicos, para reflexionar sobre el rol que tiene o podría tener la ciencia en esta era tecnológica.

Sin embargo, esta virtuosa variedad es también el gran defecto del filme, pues la mayoría de los sujetos son tan fascintantes que es frustrante lo poco que Borenstein profundiza en ellos. Me atrevería a decir que cada uno de estos temas dan material para un documental completo. ¿Qué hay detrás del insoportable troll que necesita de atención en redes sociales para sentirse completo? ¿Por qué alguien obedecería a una mujer que los obliga a golpearse los testículos una y otra vez? ¿Qué siente una streamer china bajo el modelo explotador de su agencia? ¿Cómo es que un pequeño pueblo macedonio se convirtió en una fábrica de desinformación? ¿Por qué tanta gente siente fascinación por ver a una persona vomitar en TikTok? En su afán por investigar la amplia gama de formas en las que la tecnología nos anestesia, el filme plantea más preguntas de las que es capaz de responder: es como si Borenstein te diera una probadita de un exquisito pastel pero justo cuando estás salivando, listo para devorarlo, te quita la rebanada de la boca.

Por fortuna, todo el material está muy bien hilado a partir de la narración de Borenstein, cuyo tono ameno y comprensivo le da una aire de ligereza al filme y te tranquiliza ante el desesperanzador panorama tecnológico. Y es que Can’t Feel Nothing, de manera sumamente entretenida, deja en claro que nuestra sociedad está en declive y que nuestros modelos enconómicos, que obligan a toda esta gente a trabajar en barbaridades, son un fracaso. ¿Existen soluciones? Borenstein no las aborda de manera puntual, sino que provee una chispa de torcida esperanza a través un inesperado desenlace que deja en claro que la tecnología, pese a todo el odio que genera, también puede ser una semilla para sembrar el amor.

“Can’t Feel Nothing” tuvo su estreno mundial en la sección F:ACT AWARD de CPH:DOX 2024.