Semanas, meses o años después de ver una gran película, puedes recordar en dónde la vista, cómo la viste e incluso si compartiste la experiencia junto a alguien. Ese recuerdo a su vez puede venir acompañado por otros sentimientos puros: melacolía, nostalgía, emoción. A veces esa memoria te eriza la piel y te hace consciente de momentos clave de tu vida. Este fenómeno es algo que la magistral Cerrar los ojos de Víctor Erice logra evocar.

El año es 1947. Mr. Levy (Josep María Pou), un acaudalado hombre mayor, está cerca de su muerte y su último deseo es reconectar con su hija perdida, así que contrata a un hombre para encontrarla en algún lugar de Shanghai. De repente, cuando el hombre está por comenzar su búsqueda, la película se interrumpe. Lo que acabamos de ver es la primera secuencia de La Mirada del Adiós, una película dirigida por un tal Miguel Garay (Manolo Solo) durante los años 90 que nunca pudo ser terminada debido a la repentina desaparición de su mejor amigo y protagonista Julio Arenas (José Coronado).

Veintidos años después, Garay, quien lleva una vida modesta cerca de la costa, es invitado a Madrid para dar una entrevista en el programa de televisión Misterios sin resolver sobre la desaparición de Julio. Aunque Garay en principio acepta por dinero, este acontecimiento le permite reconectar con los fantasmas de su pasado y el de Julio. Cada encuentro lo hace aprender más sobre su amistad y el arte que hicieron juntos.

Cerrar los ojos es el primer largometraje del maestro Víctor Erice (El Sur) en más de 30 años y a través del cual hace muchas cosas: habla sobre su pasado, justifica su ausencia, se despide, reflexiona sobre la vejez y celebra el poder del cine. Su protagonista es un hombre envejecido que pasó muchos años sin dirigir una película y cuya gran obra fue interrumpida, una referencia a cómo una pelea con el productor Andrés Vicente Gómez le impidió a Erice dirigir su anhelada adaptación de El embrujo de Shanghai hace algunas décadas. ¿Es el fragmento que vimos de La Mirada del Adiós una probadita de lo que nos perdimos?

Sin prisas, el desarrollo de la historia nos sumerge en la vida de Garay para comprender la profundidad de su amistad con Julio y la importancia de su relación con el arte. Con ayuda de conversaciones, entrevistas, postales y fotografías, Garay comienza a reconciliarse consigo mismo y también se acerca a su amigo, por lo menos en un nivel espiritual. La mirada de un cautivador Manolo Solo (El buen patrón) nos permite comprender la silenciosa melancolía de su personaje y eventualmente la añoranza de recuperar lo perdido.

A pesar de la duración de casi tres horas, el ritmo de Cerrar los ojos fluye con total soltura; por momentos su estructura recuerda a leer un buen libro que te atrapa. La edición de Ascen Marchena toma las vibras detectivescas de su estructura y sutilmente la lleva hacia un lugar poético en donde la compañía de un perro o una noche de tragos con amigos guían la historia. 

Erice plasma su preocupación, o incluso resignación, por el dominio del digital por encima del celuloide a través de Max (Mario Pardo, exagerado y el punto débil del filme), un editor, apasionado cinéfilo y amigo de Garay. Pero también utiliza numerosos guiños para compartirnos su propia memoria fílmica, desde una alusión a La Llegada del Tren de los hermanos Lumière hasta un precioso dueto en donde Garay y un vecino de alma libre interpretan My Rifle, My Pony and Me de Rio Bravo

Todo esto ayuda a construir una meditación sobre memoria y el papel del cine en su reconstrucción. Erice sostiene que las películas tienen la capacidad de sacar a la luz sentimientos escondidos para llenar los huecos del alma, para conciliar nuestra identidad, para evocar y restaurar memoria. El cine puede sanar hasta el pronóstico más desalentador. Aunque en teoría similar a ideas de películas como The Fabelmans o Cinema Paradiso, aquí el desarrollo es muy diferente; aquí hay un singular tono existencialista que el director maneja con tremenda confianza.

Hay un punto en la última media hora de Cerrar los ojos en el que entiendes cómo va a acabar la película pero nada te puede preparar para la ejecución de esos inolvidables últimos minutos. Más de dos horas y media se condensan en un momento de indescriptible belleza que plasma, como pocas obras han logrado, el poder de resurección que tiene este bendito arte. Esos últimos segundos, tal vez los últimos que dirija, revivirán una y otra vez en nuestra memoria y por lo tanto, harán que Víctor Erice sea eterno.

“Cerrar los ojos” formó parte del Festival Internacional de Cine de Morelia 2023.