Es fácil darse cuenta cuando un director no es sincero y no sabe de lo que está hablando. Es por ello que, a pesar de un exquisito apartado técnico y actoral, Sam Mendes nunca logra hacer de su nueva película, “Imperio de luz” (Empire of Light), la oda al cine que propone.

La historia se ubica en la Inglaterra de los años 80. Olivia Colman interpreta a Hilary, una mujer lidiando con problemas de salud mental que trabaja como gerente en un cine situado junto al mar y es utilizada por su jefe casado (Colin Firth) como una herramienta de desahogo sexual. Su lucha personal recibe un impulso con la llegada de Stephen (Micheal Ward), un apuesto, gentil y sensible nuevo empleado con quien Hilary rápidamente conecta. Sin embargo, su emergente relación se complica con la creciente conducta errática de Hilary y los problemas raciales a su alrededor.

Ver “Imperio de luz” es una experiencia agradable y llevadera. ¿Cómo no serlo? El diseño técnico te transporta a otra época y te contagia el amor por una sala de cine, Trent Reznor y Atticus Ross crean una atmósfera de nostalgia con su score musical y el maestro Roger Deakins utiliza composiciones sutiles y hermosas para comunicar el poder del lugar. Olivia Colman (“La hija oscura”) entrega otro soberbio trabajo en donde hace gala de su rango actoral y en más de una ocasión rescata el caricaturesco guion de Mendes. Por otro lado, Micheal Ward (“Small Axe: Lovers Rock”) te enamora con su calidez y carisma; si algo bueno saldrá de esta película es que más personas podrán conocer el tremendo talento de este prometedor actor. Gracias al trabajo de Colman y Ward, el romance entre sus personajes es tierno a pesar del poco esfuerzo que Mendes pone en hacerlo creíble o pasional.

Pero debajo de estas capas artísticas, encontramos una narrativa totalmente básica sobre salud mental y racismo en la era Thatcher. Mendes trata estos temas de manera tosca y hasta melodramática sin preocuparse por abordarlos de manera significativa. El guion tiene problemas otorgándole profundidad al personaje de Stephen que nunca va más allá de ‘alma gentil que sufre porque el racismo es malo’. Peor aún, cuando nos acercamos al tercer acto, el director intenta solucionar todo diciendo que el cine tiene el poder para mitigar los males de la vida. Es una resolución estrecha y hueca. 

Además del pobre desarrollo narrativo, Mendes va y viene entre romance, salud mental, opresión racial y la magia del cine como gallina sin cabeza. Es un revoltijo de ideas cuya falta de enfoque distrae y hace que la película sucumba ante el peso de sus propuestas. Tal vez “Imperio de luz” hubiera funcionado si el director se hubiera concentrado en relatar la operación del cine en cuestión pues es en los momentos de camaradería entre empleados o las apasionadas explicaciones del meticuloso proyeccionista (Toby Jones) que el filme cautiva con mayor fuerza.

“Imperio de luz” es fácil de ver y funciona como una linda película sobre dos almas solitarias, una por la esquizofrenia y otra por el racismo, que se encuentran y se apoyan a nivel físico y emocional para protegerse del hostil ambiente que les rodea. En el peor de los casos, las potentes actuaciones de Ward y Colman son suficientes para justificar el precio de la entrada. Sin embargo, dicen que la mejor película es la que empieza cuando acaban los créditos y desafortunadamente, una dirección y escritura erráticas hacen que la magia de “Imperio de luz” se apague mucho antes de que aparezcan los créditos.

“Imperio de luz” o “Empire of Light” formó parte del Festival Internacional de Cine de Morelia 2022. Será distribuida por 20th Century Studios en Latinoamérica.