“Citizen Kane” es considerada por muchos expertos como la mejor película de todos los tiempos. Su creación ha desatado todo tipo de conversaciones sobre las figuras históricas en las que estuvo basada, la controversial conducta de su guionista Herman J. Mankiewicz y la disputa que existió con Orson Welles sobre el crédito de la historia. Estos temas son explorados por David Fincher en “Mank”, un ambicioso y personal filme cuyo guión fue escrito por su ya fallecido padre, Jack. Pero este clavado al pasado sociopolítico de Hollywood resulta ser un frío desfile de disfraces y escenografías vistosas antes que una historia valiosa.

Es el año de 1940 y el escritor alcohólico Herman J. Mankiewicz (Gary Oldman), apodado Mank, llega a un rancho aislado con el objetivo de alcanzar la sobriedad y escribir el guion de lo que eventualmente se titularía “Citizen Kane”. Mank acaba de sufrir un accidente en coche así que pasa la mayor parte de su estadía en cama, dictando la historia a su escriba Rita (Lilly Collins) y recibiendo recordatorios del poco tiempo que le queda para terminar su encomienda. Mank se siente obligado a terminarla para evitar la completa destrucción de su carrera.

En medio de la elaboración del guion, Fincher nos muestra constantes flashbacks a la vida de Mankiewicz en los años 30 para explorar cómo es que su reputación se fue al suelo. Lo que aquí vemos es una muestra del pútrido sistema de Hollywood. Disputas de lealtad, mentiras, el ejecutivo rico aprovechándose del trabajador y como platillo fuerte, una importante elección en California cuyos resultados son influencia directa de lo que se maneja en estos estudios. Vemos a importantes nombres como Louis B. Mayer (Arliss Howard), David O. Selznick (Toby Leonard Moore) y por supuesto, William Randolph Hearst (Charles Dance), magnate en el que Mank se basó para crear a Charles Foster Kane.

Mank-Gary-Oldman-Amanda-Seyfried
MANK | Cortesía de NETFLIX

A través de este filme, Fincher expresa su indignación a la cultura de Hollywood. Es una crítica directa a la industria del cine, a su cinismo ideológico, su autoritarismo y excluyente sistema de estrellas. El problema es que Fincher está haciendo una película para sí mismo y para historiadores obsesivos del cine. Ver a un ebrio pero encantador Gary Oldman rápidamente se vuelve aburrido. El director abusa de los detalles detrás de cámara de “Citizen Kane” y por lo mismo, el filme no es amigable para audiencias ajenas al drama. Si tampoco has visto el clásico de 1941, probablemente vas a necesitar un manual para comprender qué está pasando en “Mank”, pues el guion está inundando de innecesarias e autoindulgentes referencias y guiños a su historia.

Fincher dirige un par de secuencias con absoluta maestría y los elementos técnicos son fuertes si tenemos las palabras “Premios Oscar” en mente. La música de Trent Reznor y Atticus Ross es elegante y discreta, los diseños de producción y vestuario son inmaculados, la cristalina fotografía a blanco y negro de Erik Messerschmidt va a ser la sensación de la Academia, la actuación de Gary Oldman es fuerte y Amanda Seyfried le ha un atisbo de humanidad al asunto. Pero todo esto no son más que destellos vacíos e insuficientes distractores de la verborrea política del guion, el frío desarrollo de personaje y la inerte tensión dramática en despliegue.

“Mank” es la historia detrás de una historia y una interesante ventana a la estrecha conexión entre política, arte y medios de comunicación que permea en la sociedad sin importar la década. Pero, ¿es necesario un filme de dos horas para contar esto? Si ya tienes esto bien estudiado no hay absolutamente nada por descubrir aquí. Es un relato que le habla a muy pocos y cuya relevancia es insignificante.

Estamos ante otra víctima de la excesiva libertad creativa de Netflix. Como sucedió con Charlie Kaufman, Spike Lee y Dan Gilroy en tiempo reciente, Fincher creó una película sin riendas y con el objetivo principal de satisfacer a una sola persona: David Fincher.

“Mank” ya se encuentra disponible en Netflix.