La escritora y directora Mari Okada (Maquia, una historia de amor inmortal), es una de las voces más prolificas del manga y anime a nivel mundial que ha sido reconocida por su forma tan particular de abordar historias sobre el miedo a crecer y la pérdida de la inocencia. Ahora, de la mano del estudio MAPPA (responsables de la última temporada de Attack on Titan), nos llega su nueva película Maboroshi (Arisu to Teresu no Maboroshi Kōjō), un coming of age con varias capas de lectura, tintes apocalípticos y un profundo romance juvenil.

Mifune, un pequeño pueblo en la campiña japonesa, queda atrapado en un invierno eterno tras una explosión en la fábrica local. Uno de los trabajadores de la fábrica, antiguo protector de un santuario religioso, convence al resto de los habitantes de que todo se trata de un castigo divino por parte de los dioses de la montaña y les prohíbe a todos cambiar algo en sus rutinas, pues, supuestamente, de esa forma los dioses les quitarán el castigo.

Masamune (Junya Enoki/André Vázquez), un chico de catorce años, Atsumi (Reina Ueda/Ximena Fragoso), la chica que le gusta, y su grupo de amigos, aburridos de la rutina y las reglas impositivas de los adultos, comienzan a experimentar por primera vez el amor y los celos, lo cual comienza a alterar la realidad y resquebrajar el invierno eterno del pueblo.

El guion de Mari Okoda juega con las expectativas de la audiencia y los lugares comunes del anime para después introducir temáticas adultas. Maboroshi se presenta como la típica aventura de fantasía con loops temporales, dioses antiguos y romance juvenil, sin embargo, conforme más nos adentramos en la cinta, la fantasía y el romance le abren pasó a una historia introspectiva sobre jóvenes con ansiedad social y miedo al rechazo. 

Al inicio puede ser complicado adentrarse en la historia pues Okoda no se detiene a explicar qué está pasando, además constantemente parece brincar entre el presente y el pasado de los personajes sin orientarnos sobre el tiempo y lugar en el que estamos, sin embargo la película lentamente se va desenvolviendo ante nuestros ojos y las explicaciones llegan en pequeñas dosis cuando son necesarias pues poco a poco introduce conceptos más complejos. El mundo al otro lado del invierno eterno del pueblo, por ejemplo, es misterioso, por momentos parece un universo alterno, en otras ocasiones un futuro posible, sin embargo con Okoda la respuesta queda a nuestra propia interpretación.

La complejidad de Maboroshi no solo está en su narrativa sino también en sus visuales extraordinarios pues deleitan nuestras pupilas con cada fotograma: la explosión al inicio de la cinta, la ruptura de la realidad y los diferentes mundos cruzándose, los monstruos de humo o los detalles en las ruinas de la fábrica dejan ver los increíbles niveles de calidad que maneja MAPPA (un estudio de animación envuelto en varias controversias) en cada una de sus producciones. Cada lugar del pueblo está vivo, tiene colores llamativos y elementos particulares muy minuciosos quevuelven única cada locación. Por otro lado, los artistas juegan constantemente con los elementos del clima: el humo, la nieve y la lluvia forman una parte importante de la trama y gracias al trabajo de los animadores parecen cobrar vida en la pantalla.

Maboroshi reta constantemente a su audiencia pues, al igual que el mundo de sus jóvenes protagonistas, va mutando constantemente, crece en tu interior y termina sorprendiendo con sus giros interesantes. Al inicio es caótica y pareciera seguir el rumbo de muchos otros animes, sin embargo la voz particular de Mari Okada dota a la película de una identidad particular que funciona para explorar el miedo a crecer y enfrentar lo desconocido a través de la desobediencia y el amor.

“Maboroshi”  ya está disponible en Netflix.