Hay películas que son contadas con tanta pasión que te hacen pensar: “sí, la vida efectivamente es así”. Un ritmo impecable y un guion que navega por muchísimos temas sociales sin jamás abrumar al espectador, es lo que logra la directora A.V. Rockwell en A Thousand and One, un debut impresionante y digno de reconocimiento.

A mediados de los años 90, Inez (Teyana Taylor) es una mujer que acaba de salir de prisión y tiene que ver cómo ganarse la vida. Un día, se encuentra con su hijo Terry (Aaron Kingsley Adetola), un niño cuyo cuidado está bajo el sistema de adopción. En un arranque impulsivo, Inez lo secuestra y se lo lleva a su barrio natal. Juntos forman un hogar a lo largo de los años en medio de las dificultades del sistema y la gentrificación cada vez mayor en Nueva York, acompañados del novio de Inez, Lucky (William Catlett).

Teyana Taylor (White Men Can’t Jump) es una fuerza imparable que lleva el viaje de esta mujer de forma magistral. Con muy poco maquillaje de envejecimiento y sin caer nunca en los estereotipos del personaje de la madre abnegada, la actriz construye un personaje complejo lleno de contradicciones, cuyos traumas son visibles en cada una de sus expresiones o en cómo se le dificulta comunicarse con su hijo. Se roba el corazón de la audiencia aun cuando la mantiene a distancia suficiente para que siga siendo un misterio para nosotros. Un giro particular en el tercer acto le da un significado nuevo a sus acciones, y gran parte de cómo la actriz construyó al personaje en un inicio adquiere una nueva lectura.

Sumada a la gran interpretación de Taylor están las de William Catlett (The Devil You Know) y Terri Abney (Loving). El guion evita caer en el cliché del padre ausente: aunque Lucky tiene sus conflictos con Inez, siempre muestra cariño por Terry. Muchas de las escenas más conmovedoras son entre él y las distintas encarnaciones del niño, lo cual Catlett transmite con mucha sensibilidad. Por su parte, Abney tiene un breve pero memorable papel como la mejor amiga de Inez, quien siempre trae alegría y optimismo a la pantalla.

La estética de A Thousand and One emula el estilo de las películas de las épocas que retrata: los años 90 e inicios de los 2000. Originalmente, el director de fotografía quería distinguir ambos periodos utilizando celuloide para el primero y cámaras digitales para el segundo. Aunque esto no fue posible debido al presupuesto, utilizó lentes antiguos y colores más cálidos para la sección de la película que se desarrolla antes del segundo milenio, y colores fríos y un equipo más moderno para la siguiente parte. Esto es sumamente efectivo, pues a nivel sensorial te transporta directamente a códigos visuales noventeros.

El apartado sonoro es igual de inmersivo, pues recrea el paso del tiempo de maneras sutiles, incluso imperceptibles a un nivel consciente, pero que hacen la experiencia más real y emocionalmente poderosa. Por ejemplo, en los momentos finales de la película, cuando la zona ya ha pasado por un proceso de gentrificación profundo, muchas más patrullas de policía se escuchan en el fondo, a veces de manera suave, a ratos de forma más notoria, pero es algo que, a pesar de no tener incidencia directa en lo que ocurre en pantalla, nos transmite cómo este barrio se ha convertido en un espacio donde la población afroamericana sufre constante acoso policial.

El hermoso score de Gary Gunn está lleno de vida: no abruma ni sobreexplica las emociones que presenciamos en pantalla. Un efecto interesante que se usa en varios temas de la música es el de un disco de vinil, como si lo que escucháramos fuera una pista que alguien está colocando en su viejo tocadiscos. Esto provoca una nostalgia muy apropiada para la película, pues se trata de los recuerdos de Terry, así como las reminiscencias de un Harlem antes de la gentrificación. Es una forma de generar añoranza sin caer en la romantización o elementos obvios.

Podríamos seguir analizando las múltiples cualidades técnicas de A Thousand and One, tales como su diseño de producción que muestra la evolución temporal y psicológica de Inez y su hijo, o la edición que logra transicionar de un estilo a otro de forma fluida sin que la película se sienta viñeteada. Sin embargo, el gran trabajo de dirección de A.V. Rockwell habla por sí solo y la mejor manera de hacerle justicia es recomendarles que lo vean una y otra vez para que desmenucen las diversas capas que nos ofrece.

“A Thousand and One” está disponible en HBO Max y en la renta y venta en México.