A simple vista, Dune podría parecer una narrativa típica de un salvador blanco que lleva a un pueblo nativo a la victoria, al estilo de trabajos como Danza con lobos, El último samurái y, más recientemente, Avatar. Sin embargo, detrás de épicas batallas y un rico universo, su historia oculta una fuerte crítica a los efectos del colonialismo y la intervención blanca. Este curioso contraste entre epicidad y advertencia fatalista es capturado con precisión  por Denis Villeneuve en Duna: Parte Dos, la fastuosa conclusión de su adaptación de la primera novela de Frank Herbert.

Tras la destrucción de su palacio y el asesinato de su padre, Paul Atreides (Timothée Chalamet) y su madre embarazada, Lady Jessica (Rebecca Ferguson), son acogidos por los fremen, el pueblo originario de Arrakis. Algunos piensan que Paul es el profeta prometido que traerá la salvación al planeta y convertirá el desierto en un paraíso con agua y vegetación. Este mito fue implantado por la organización política y religiosa de las Bene Gesserit, a las cuales Jessica pertenece. Ahora ella lo aviva con el objetivo de colocar a Paul como líder y recuperar el poder perdido. Estas creencias son acogidas con devoción por muchos, pero hay quienes las cuestionan como herramientas colonialistas de poder, como Chani (Zendaya), una joven con quien Paul conecta inmediatamente. Ahora él debe decidir si seguir el juego de su madre o forjar su destino, ¿aunque realmente tiene elección?

Duna: Parte Dos está llena de escenas épicas y valores de producción espectaculares. Efectos visuales, vestuario, sonido, diseño de producción, actuaciones, fotografía: todo está al servicio de una historia monumental que verdaderamente captura el complejo universo creado por Herbert. Una de las grandes preguntas al final de la primera entrega era si la segunda parte podría resolver todas las incógnitas planteadas de forma satisfactoria: mi principal objeción con la precuela (y la de varios) es que  se sentía incompleta, como una preparación para algo aún por venir. Esta entrega demuestra que la espera valió la pena: toda la información y solemnidad de su predecesora se ve redituada por una conclusión impactante tanto en forma como en fondo.

Lo curioso de los libros de Dune es que toman la estructura clásica del viaje del héroe y la subvierten para cuestionar al sistema creador de dichos mesías, sus propósitos y cómo su llegada al poder afecta al pueblo. Quienes publicaron la primera novela no tenían forma de saber esto, de hecho por eso el segundo libro fue recibido con varias objeciones, pues lo trata de forma más directa y pesimista. Afortunadamente, Denis Villeneuve  ya tiene un panorama claro de qué se espera en el futuro de los Atreides, y lo plantea desde esta entrega sin esperar a una posible adaptación de la secuela. Por ello, Dune: Parte Dos es una aventura satisfactoria para los amantes del espectáculo, pero también una pieza en constante cuestionamiento de los propósitos de dicha acción, de las guerras y del triunfo de nuestro protagonista.

Esto es particularmente evidente en el personaje de Chani, quien es mucho más confrontativa en esta versión. Estar enamorada de Paul no le evita ver las telarañas políticas detrás de la religión implantada por los colonizadores, pues nunca es usada en beneficio de los fremen, aunque a simple vista parezca que sí. También aportan mucho las conversaciones de la princesa Irulan (Florence Pugh), la hija del emperador, quien revela los intereses del juego de poder detrás de cada decisión tomada. La historia deja de lado el enfoque individualista de mostrar un elegido y salvador de un pueblo necesitado para revelar cómo incluso los más poderosos son parte de un sistema del cual es imposible escapar, un conjunto de engranajes donde los únicos planes que importan son los de unos pocos. Incluso las victorias que en otros trabajos serían el punto álgido de emoción y euforia, acá traen un toque agridulce, una sensación de fatalismo por sus implicaciones a un nivel macro (algo como los triunfos de Michael Corleone en El Padrino, donde sabemos el costo de los mismos mientras se desarrollan).

Las casi tres horas de duración están bien justificadas: este tiempo le permite desarrollar bien los conflictos políticos sin acelerarlos o sacrificar la acción. El Feyd-Rautha de Austin Butler (Elvis), por ejemplo, se muestra como una amenaza real: su presentación y la de su planeta se toma el tiempo para sumergirnos con una fotografía en blanco y negro justificada por la naturaleza de su mundo. Las reflexiones son tan interesantes y el apartado técnico tan pulido que varios probablemente la vean más de una vez solo para apreciar ambas cosas al cien (y tengo la sospecha de que después de una segunda o tercera vista uno puede seguir encontrando qué desmenuzar).

Duna: Parte Dos es una satisfactoria adaptación cinematográfica que tiene muchas respuestas a las dudas planteadas por su precuela, y muchos misterios más para el futuro de la casa Atreides. Hay varios puntos cuya resolución no es necesaria para este arco, pero que claramente implican posibles secuelas en el futuro. Si sigue siendo de esta calidad, desde ahora yo ya estoy apuntado para ver más de la creación de Frank Herbert en la pantalla grande.

“Duna: Parte Dos” ya está disponible en cines mexicanos.