El legendario director y animador Hayao Miyazaki sale de su retiro para traernos su nueva película El Niño y la Garza (The Boy and the Heron), una aventura íntima llena de fantasía que trata sobre los golpes de la vida y cómo enfrentar la pérdida de nuestros seres queridos.

Mahito (Soma Santoki/Emilio Treviño) perdió a su madre en un bombardeo a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Unos años después, su padre lo lleva a vivir al campo junto a Natsuko (Yoshino Kimura/Marisol Romero), hermana de su madre y su nueva madrastra. Al llegar a la nueva casa, Mahito comienza a ser acosado por una misteriosa garza gris (Masaki Suda/Alfonso Herrera) que lo invita a adentrarse en una vieja torre abandonada en el medio del bosque, un lugar extraño donde el tiempo y el espacio se entremezclan junto con la vida y la muerte.

En El Niño y la Garza, Miyazaki nos presenta distintos tipos de duelo y cómo lidiamos con ese sentimiento dependiendo de nuestra edad y formación. Mahito es un personaje atormentado que sufre en silencio, resignado a seguir los deseos de su padre y causando dolor a quienes lo rodean. Natsuko, por otra parte, intenta mantenerse positiva y no demostrar su dolor, pero la indiferencia de Mahito y sus propios sentimientos encontrados la llevan a una profunda depresión. Al final ambos se necesitan para soltar, seguir adelante y encontrar una razón para vivir.

Mahito y Natsuko son incapaces de aceptar ayuda para canalizar todas sus emociones en el mundo real y por eso Miyazaki introduce de a poco la fantasía, primero a través de sus breves pero intensos encuentros con la Garza y después transportándolos directamente a un mundo mágico. La Garza y Lady Himi (Aimyon/Elizabeth Infante), una doncella con poderes de fuego ligada al pasado de Mahito y Natsuko, funcionan como intermediarios de todas estas emociones que ambos personajes han intentado enterrar, los ayudan y encaminan a abrirse, desprenderse del dolor y continuar sus vidas a pesar de los golpes y baches en el camino.

Es refrescante ver a Studio Ghibli volver a la animación tradicional luego de experimentar con el 3D en Earwig y la Bruja. El impresionante nivel de detalle que Miyazaki y su talentoso equipo de artistas son capaces de transmitir a través de la animación te deja con la boca abierta: desde el realismo en los fluidos movimientos de la Garza, y la suavidad de sus escenas de vuelo, hasta los caricaturescos pericos y los adorables Warawaras (pequeñas y esponjosas criaturas mágicas similares a los kodamas de La princesa Mononoke) que habitan el mundo mágico; los fondos y la arquitectura llena de murales y libreros al interior de la torre conforman composiciones que fácilmente podrían ser cuadros exhibiéndose en un museo. El imponente despliegue técnico y la estética tan conocida del estudio son evidentes en cada fotograma de la película.

Con El Niño y la Garza, Hayao Miyazaki nos demuestra una vez más el poder de su imaginación para construir universos mágicos complejos, ricos en criaturas y personajes fascinantes. La película se siente como una extensión de los mundos fantásticos presentes en los trabajos previos del director, con temas en común e imágenes que se repiten una y otra vez a lo largo de su filmografía, pero esta cinta es, probablemente, su obra más abstracta y si no estás familiarizado con sus cintas anteriores levantarás la ceja en más de una ocasión preguntándote ¿qué estoy viendo? 

El Niño y la Garza no será la última película de Hayao Miyazaki, pues ya se encuentra trabajando en su siguiente proyecto, pero sin duda se trata de una cinta en la que el propio director es consciente de su avanzada edad y por ello explora temas relacionados con la mortalidad, el paso del tiempo y dejar ir; Miyazaki aborda las temáticas desde su madurez y su experiencia pero sin dejar de lado el sentido de maravilla e imaginación que lo han caracterizado a lo largo de toda su trayectoria.

“El Niño y la Garza” se estrenará en salas mexicanas el 28 de diciembre a través de Cine CANÍBAL.