En papel, El salario del miedo tiene todos los ingredientes para ser una película de acción y suspenso exitosa: una misión a contrarreloj de la que dependen miles de vidas, secuencias de acción con disparos y explosiones, peligros constantes en el camino y un número reducido de personajes para realmente conectar con ellos. Entonces, ¿por qué el resultado final se siente tan carente de emoción y tensión? El problema es que su director Julien Leclercq, a diferencia de sus personajes, parece tener miedo a tomar cualquier riesgo.

Fred (Franck Gastambide) es un conductor experto que ayuda a Clara (Ana Girardot) a pasar vacunas para un pueblo en medio de una tierra de maleantes y asesinos. Él vive con la culpa de haber provocado el encarcelamiento de su hermano, Alex (Alban Lenoir), un experto en explosivos. Sin embargo, la vida le da a Fred una oportunidad de redimirse: lo reclutan para llevar un importante cargamento a través del desierto a cambio de liberar a su hermano. ¿El problema? La carga es una gran cantidad de nitroglicerina, una sustancia altamente explosiva y letal.

La historia de El salario del miedo se centra en la travesía del grupo conformado por Alex, Fred, Clara y otras pocas personas a lo largo de un territorio árido con obstáculos tanto naturales como humanos. Hay terrenos altamente inestables, francotiradores, minas terrestres e incluso posibles traiciones dentro del grupo. Sin embargo, pese a todos los elementos de amenaza, uno nunca siente realmente el peso del peligro. 

Esto se debe a que cualquier tropiezo es rápidamente superado por los protagonistas. El guion da giros abruptos para generar suspenso, pero inmediatamente elimina la amenaza de formas demasiado convenientes; por ejemplo, cuando surgen nuevos villanos y todo parece perdido, los protagonistas o la propia naturaleza los eliminan como si no hubiera pasado nada. Cada elemento de peligro es dejado de lado y nunca provoca temor real.

También hay otras inconsistencias que afectan la verosimilitud de la historia: al inicio se nos muestra cómo una gotita de nitroglicerina provoca una explosión bastante fuerte, luego como una cantidad pequeña pero más grande es suficiente para explotar rocas grandes, pero en un punto un personaje tira frascos completos y explotan como si nada, no son ni suficiente como para voltear un carro. Esto último es para hacer más “tensa” una escena de persecución, pero solo suma a la sensación de falsedad de toda la película.

No ayuda que los personajes sean completamente genéricos. Sí, hay un conflicto entre hermanos, pero realmente nunca se profundiza mucho en ello o sus implicaciones. Ninguno de los miembros del grupo logra ser más que simples características superficiales y poco memorables: el conductor, el conocedor de explosivos, el interés romántico, el mercenario, los acompañantes del mercenario. Hay uno tan estereotípico que, en un momento inintencionalmente paródico, hace una risa malvada de villano de caricatura tras haber cometido una fechoría.

Lo más triste es ver cómo había varios elementos destacables en esta cinta. Las secuencias de acción están bien armadas y logran dar una sensación de suspenso carente en el resto de la historia. Los obstáculos y el escenario están bien pensados para crear un viaje lleno de peligros y aventuras. El problema de El salario del miedo es que Leclercq no sabe cómo integrar estos elementos más allá de en viñetas aisladas o crear personajes interesantes. Al tomar la ruta más segura en su construcción, este thriller se queda corto respecto a lo que promete.

“El salario del miedo” está disponible en Netflix.