Por si Sing Street no se ha consolidado ya como una de las demostraciones paradigmáticas de la siguiente afirmación, hay que comenzar por el hecho de que el músico y cineasta irlandés John Carney es un serio amante de la música. Superficialmente, la comedia Letras robadas (Power Ballad) podrá parecer mucho menos grandilocuente comparada con otros esfuerzos del director, pero a pesar de—o precisamente gracias a—dicha contención, expresa otra faceta profunda de ese amor no sólo por la música, sino por el ímpetu creativo mismo ante la industria del consumo y la producción musical masiva.

Escrito por Carney y por Peter McDonald (quien también actúa en la película), el guión sigue a Rick Power (Paul Rudd), un músico estadounidense que, luego de casarse con una mujer irlandesa (Marcella Plunkett) y convertirse en padre de una niña (Beth Fallon) durante su juventud, ha cambiado sus sueños de estrellato rockero por tocar los fines de semana en una banda de covers para bodas, formada por músicos cincuentones, en Dublín.

Durante una boda, su camino se cruza con el de Danny Wilson (Nick Jonas), exintegrante de una boy band que intenta probar su legitimidad como artista solista, pero tiene dificultades para componer un buen tema. Después de la boda, Rick y Danny se “echan un palomazo”, intercambiando elogios y mostrando sus creaciones. Lo que debió quedar en el pasado como una linda noche de compañerismo entre artistas cobra otro significado cuando, meses después, Rick escucha una de sus canciones en un centro comercial, pero en voz de Danny, quien asciende meteóricamente al superestrellato internacional y al primer puesto del top de Billboard con el tema, que declara como suyo.

A partir de este punto, Letras robadas se convierte en una comedia en que ambos personajes lidian con las repercusiones de lo sucedido. Rick intenta, desesperado, contactar a Danny a través de su agencia, mientras busca pruebas que respalden la composición como suya. La estrella, mientras tanto, lucha con las presiones comerciales de ser la estrella del momento, acompañado por un pedante e implacable representante (Jack Reynor) y un sentido de culpa que crece poco a poco.

Aunque es sutil, el diseño de producción (Anna Carney) y la dirección de fotografía (Yaron Orbach) expresan no sólo la situación geográfica de los personajes, sino también la psicológica y hasta de clase. Las calles de Dublín, pobladas por coloridos pubs, músicos callejeros y casas pequeñas de clase trabajadora, contrastan con las casas lujosas, de ventanales amplios pero vacías de Los Ángeles, que exaltan visualmente la aspiración comercial pero vacío creativo de Danny. Que estos sean los hogares de los protagonistas no debe ser casualidad: mientras que LA se considera el epicentro de la lucrativa industria discográfica, Dublín tiene una reputación más enraizada en la música popular y la lucha política (sólo vayan y pregúntenle a Kneecap).

A partir de la trama de sueños frustrados de Rick y de ambición egocéntrica de Danny, Carney (Flora e hijo) plantea en Letras robadas más que una historia sobre la búsqueda por crédito comercial del primero—eso, en realidad, está reservado para el último cuarto del metraje—. La verdadera pregunta que subyace los tumbos de frustración de Rick y la culpa ahogada en lujos de Danny es: ¿por qué y para quiénes creamos?

Son preguntas que, incluso si son resueltas con cierto apuro por la película, hablan directamente a la habilidad de Carney para utilizar la música como el corazón emocional de sus producciones. Cuestiones que, además, se vuelven pertinentes en una era en la que la producción musical parece pensarse cada vez más para alimentar el algoritmo y la monetización, y en la que intereses tecnológicos pretenden desvirtuar tanto el valor comercial como el propósito mismo de la creación artística.

Mejor resumido por una de las líneas más valiosas de toda la película: lo mejor que una gran canción puede hacer no es un montón de dinero, sino significar diferentes cosas para tanta gente, forjar conexiones y, sobre todo, ser real.

“Letras robadas” ( “Power Ballad”) llega a salas de cine mexicanas el 11 de junio de 2026 distribuida por Cinépolis Distribución.