El año pasado se estrenó en Netflix Royalteen, otra entrada sin personalidad y llena de clichés en el catálogo de melodramas para jóvenes adultos. Sin embargo, pese a su calidad, tuvo suficiente audiencia para justificar una secuela, Royalteen: La princesa Margrethe. Contra todo pronóstico, la directora Ingvild Søderlind eleva este material y nos trae una segunda parte sólida, entretenida y con un enfoque mucho más humano.

Tras haberse desmayado en el baile de la escuela, Margrethe (Elli Rhiannon Müller Osborne) es llevada al hospital, donde le dicen que el accidente ocurrió debido a la mezcla de alcohol, benzodiazepina y cocaína en su sistema. Con su madre en cama por ansiedad paralizante, un padre ausente, su hermano enfrascado en un nuevo noviazgo, la posible existencia de un video de ella consumiendo drogas y la presión de sus amigos por tener una relación, Margrethe lucha por ser fuerte y encontrarse a sí misma.

Quién diría que el personaje más detestable y unidimensional de la primera Royalteen iba a ser una mucho mejor protagonista que Lena (Ines Høysæter Asserson) y el príncipe Kalle (Mathias Storhøi) juntos. La princesa Margrethe es más interesante que el dúo de románticos adolescentes, y esto no se debe solo a la actuación de Elli Rhiannon Müller Osborne, quien hace un muy buen trabajo en mantener la rigidez y pretenciosidad de la princesa a la vez que nos adentra en sus inseguridades, sino al acercamiento mismo de la película.

Más allá de ser una secuela, esta es una entrega que toma un camino completamente distinto: los personajes principales de la cinta pasada quedan relegados a prácticamente cameos y se deja de lado el romance en favor de una exploración de personaje mucho más gratificante. Los creadores parecen haber tomado nota de los defectos de Royalteen y los evitan exitosamente: ningún personaje está de más, las distintas subtramas se entrelazan de forma orgánica, el desarrollo de Margrethe es verosímil y hay una propuesta visual mucho más elaborada, sobre todo el uso de los colores y cómo reflejan el estado mental de la princesa.

Obvio hay una dosis de romance, pero es más en función de lo que busca Margrethe y de su autodescubrimiento que el fin último de la trama. Ninguno de los intereses amorosos genera drama innecesario e inmaduro, son un paso más en el aprendizaje de la joven. Un encuentro inesperado con un encantador extraño (Serhat Yildirim) es particularmente enternecedor y le da a la película un tono mucho más íntimo que su genérica precuela.

Royalteen: La princesa Margrethe no es perfecta, mantiene varios vicios de este tipo de dramas como darnos flashbacks de cosas que acabamos de ver, poner canciones que dicen de forma nada sutil exactamente lo que estamos viendo y el tema de la adicción se resuelve un tanto abruptamente, pero sus virtudes son más que suficientes para opacar sus defectos. Además, cuenta con un bonito mensaje sobre aceptación, tanto hacia otros como hacia uno mismo. Lo mejor de todo es que puede disfrutarse por sí sola, sin necesidad de recurrir a la Royalteen original. Se vea por donde se vea, este es un paso adelante en esta irregular franquicia.

“Royalteen: La princesa Margrethe” está disponible en Netflix.

Imagen de portada cortesía de Netflix.