Roberto Benigni vuelve a expresar su amor por el cuento de Carlo Collodi “Pinocho”. En 2002 dirigió una versión y le dio vida al niño de madera bajo un concepto de teatralidad, utilizando maquillaje, vestuarios y ambientes luminosos y coloridos. En esta ocasión, Benigni es dirigido por el veterano Matteo Garrone e interpreta a Geppetto en una película que sólo se puede describir como oscura. 

Garrone retoma muchos elementos del libro escrito en 1881, y rechaza otros de la película de Disney de 1940, lo cual genera un acercamiento distinto, aunque no de menor valor, a nivel cinematográfico y narrativo que puede conflictuar al espectador con respecto al factor “expectativa”.

Por una parte, a nivel fotográfico cada una de las tomas que configuran las dos horas y cinco minutos de duración de esta cinta, caben perfectamente en la corriente expresionista de Alemania e incluso la neorrealista de la misma Italia, ya sea por la arquitectura o la ambientación, ambas consternados por las catástrofes de la guerra; paisajes casi pintados a mano con una paleta de colores claroscuros, con sujetos imperfectos, exagerados y que bien podrían salir de la imaginación de un niño corrompido por la sociedad como Pinocho. 

Existe una combinación armónica entre el realismo y la fantasía. Estéticamente muchos personajes se concibieron con maquillaje y prostéticos, tal es el caso de Pinocho, interpretado por Federico Ielapi; otros fueron generados por computadora, pero ante tal similitud técnica se borra la línea entre lo modificado físicamente y lo creado virtualmente, de ahí su plausible nominación al BAFTA por mejor maquillaje y peluquería. 

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“Pinocho” | Cortesía de Imagem Films MX

Nuevamente se plantean lecturas críticas sobre la pobreza; la inocencia interrumpida de los niños, quienes a través de pertenecer y convivir en una sociedad atrofiada desdibujan la línea del bien y el mal; el tráfico y la explotación de menores; y todo esto  sin perder el objetivo ficcional del universo. Estos discursos, si bien tienen menor intensidad que en otras obras, funcionan como complemento.  Sin embargo, pudieron explotarse con mayor cadencia dado el tono sobrio y serio de esta nueva propuesta.

El también director de obras como “Gomorra” (2008) o “The Tales of Tales” (2015), introduce arcos argumentales que no se habían visto en pantalla: se explora con mayor detalle  la relación entre Pinocho y Hada Madrina, se personifica distinto a El Grillo y en general suceden nuevos acontecimientos (retomados del libro y algunos diseñados especialmente para la película), pero la desventaja de tener tanta información para contar es el tiempo y eso no lo tiene el director. Todo pasa tan rápido que el filme exige completa atención, y aún otorgándosela, no hay un hilo coherente porque hay pocas explicaciones temporales y una precaria sintaxis narrativa: sólo son anécdotas ensambladas.

El material original tiene por nombre “Las Aventuras de Pinocho” y se conforma de treinta y seis capítulos, donde cada uno narra distintos hechos en la vida del niño de madera. Disney condensó y omitió algunos de ellos, dándole prioridad a lo que podía animar y era atractivo para la historia de su producto. Esta producción italiana aborda mucho, pero no aprieta demasiado y en el camino tiene desagües inentendibles. En formato de serie  los resultados hubieran sido más óptimos, pero no por eso el producto es fallido, al contrario, se agradece el intento de construir algo diferente.

“Pinocho” no tiene nada que ver con el pasado animado. Esta versión tiene sus propios logros a nivel visual y narrativo, aunque también sus fallos, sin embargo, continúa con la emotividad y el encanto místico que conocemos, pero presentado bajo otro esquema que puede gustar o no, todo depende de qué se quiera o necesite ver.

“Pinocho” ya se encuentra en cines de México.