No me sorprende que Alfonso Cuarón tenga un crédito como productor ejecutivo en el filme indio de Chaitanya Tamhane, “The Disciple”; el estilo recuerda a la historias íntimas del mexicano, esas que te sumergen a un mundo comprometido con su protagonista.

En “The Disciple” seguimos a Sharad Nerulkar (Aditya Modak), un cantante obsesionado con el estilo clásico Indostaní. Con el máximo esfuerzo intenta seguir el camino de su mentor Guruji (Arun Dravid), un estricto y talentoso vocalista. Sin embargo, por más que lo intente, Sharad no puede alcanzar el nivel de los grandes maestros del estilo.

La primera parte de la película transcurre en el 2006, cuando la música de Sharad todavía tenía cierta prominencia. Si no está trabajando, pasa su tiempo practicando el canto o escuchando las clases de Maii, una mítica maestra que nunca dejó que grabaran su música. Aquí aprende que el éxito no traerá fama ni dinero y para ser un gran cantante, deberá acostumbrarse a la hambruna y soledad. Y Sharad guía su vida a través de esta filosofía. Ve pornografía en la penumbra de su cuarto y constantemente le falta el dinero.

Mientras Sharad sigue persiguiendo sus ideales, el mundo a su alrededor cambia. La película hace un salto en el tiempo. Todo es digital, los reality shows están de moda y la realidad le cobra factura. Pocos se detienen a escuchar la música de Sharad, quien es demasiado purista para el mundo del Internet. La modernidad lo dejó atrás.

Ésta no es una historia mágica de sueños en la que el protagonista alcanza la meta. “The Disciple” es demasiado realista para eso. Shahad se convierte en un hombre frustrado que todavía vive en aislamiento, repudiando la música moderna y secretamente deseando alcanzar la élite musical.

Tamhane desarrolla la historia con enorme lentitud. Claramente quiere que respires cada detalle y comprendas el mundo de Shahad. Hay muchas escenas musicales en donde además de disfrutar de los hermosos ritmos, puedes sentir la determinación e impotencia de Shahad por no poder cantar cómo sus sueños le dictan. “The Disciple” tiene enorme valor cultural, pero el ritmo es demasiado pasivo y por más que quise amar la historia, fue demasiado. Sé que no era el objetivo de Tamhane, pero me hubiera gustado saber las motivaciones de Shahad y no solo a través de flashbacks inconsecuentes o excesivas meditaciones. 

“The Disciple” es un viaje de arte y dedicación con exquisitos elementos artísticos pero poca accesibilidad. Aunque respeto lo que hizo el director, fue muy difícil habitar en un mundo con tantas complejidades culturales y terminé deseando un amplio recorte de la docena de escenas musicales en oferta; la duración de dos horas es muy pesada. 

Esta película forma parte de la selección de presentaciones especiales de TIFF 2020.