Hace algunos años se estrenó el documental American Factory, que pretendía explorar las dificultades derivadas del expansionismo empresarial chino a nivel global, en particular el choque cultural con las poblaciones locales. Sin embargo, su narrativa irresponsable terminaba reduciendo esta problemática a un tema de estadounidenses explotados vs. chinos explotadores, con tintes que rayaban en la xenofobia. Para quienes estén interesados en un tratamiento mucho más acertado y matizado de esto, Made in Ethiopia, de los directores Max Duncan y Xinyan Yu, es un gran trabajo por el cual empezar.

El documental sigue a lo largo de 4 años la vida de tres mujeres en una zona rural en Etiopía donde se ha construido un parque industrial chino que da miles de empleos, pero condiciones laborales cuestionables. La primera de ellas es Beti, una joven que trabaja en las fábricas cosiendo hasta más no poder y sueña con estudiar, pero es algo complicado de lograr con salarios bajos y un ritmo laboral tan extenuante. La segunda es Motto, la directora china del complejo, quien busca mediante sonrisas y optimismo conseguir inversionistas para pasar a la segunda fase y expandir el proyecto pese a la inestabilidad política y económica del país. La tercera es Workinesh, una mujer cuya familia se dedica a la ganadería y cultivo, quienes son desplazados sin tener adónde ir por el crecimiento del complejo.

En lugar de dividir al mundo en buenos y malos, o juzgar los valores culturales de chinos o etíopes, los directores nos dan un panorama que muestra los grises en medio de la situación. Si bien la cinta sí señala los conflictos derivados del choque cultural, como una jefa reclamando a sus empleadas por qué se tardan en ir al baño o tomando agua cuando podrían hacer 5 mil pantalones en lugar de 3 mil, no deja de lado quién es el verdadero villano de la historia: la corrupción gubernamental.

De forma muy acertada, Made in Ethiopia nos muestra cómo durante la negociación de las tierras es el gobierno, no los chinos, quienes sacan a la gente del lugar y les prometen terrenos que jamás llegan. En lugar de buscar el bienestar de su población, les quitan sus hogares y los dejan a la deriva. Para colmo, dejan la resolución del conflicto en manos de Motto y se lavan las manos. Otro acierto en este tema es la inclusión del alcalde de la ciudad como personaje y su descarado uso de fondos en medio de una crisis económica.

De esta forma, Max Duncan y Xinyan Yu evitan caer en generalizaciones y nos ofrecen una visión mucho más amplia de las dificultades surgidas a partir de las diferencias de cosmovisión, como Motto mostrando a los inversionistas la fábrica mientras uno de ellos le dice que se ve como Beijing hace unos años y ella asiente orgullosamente; para ella estas condiciones no son explotación, son parte de un crecimiento equiparable al de China. Ella y sus colegas dejaron a sus parejas, padres e hijos por consolidar este proyecto, no descansan más que en el Año Nuevo chino y esperan lo mismo de sus trabajadores.

Por otro lado, sobre todo desde la perspectiva de Beti, observamos cómo las condiciones de trabajo y las expectativas no van acorde a sus ambiciones. Sin embargo, no por esto los chinos son malvados: escenas como las de la chica chismeando con una compañera china y hablando de matrimonio, niños o sueños son clave para mostrar cómo esta convivencia es mucho más compleja de lo esperado. Así como hay conflictos también hay aprendizajes, y la explotación no sería tanta si hubiera control gubernamental sobre ella en lugar de dejar a su población a merced de lo dictado por las empresas. “La ética de trabajo china es admirable, pero los etíopes tenemos nuestras costumbres, nos gusta divertirnos”, señala la joven.

La edición hila los cuatro años de historia y las distintas viñetas con fluidez, manteniendo un buen ritmo y dándonos suficiente información de cada uno para crear un panorama completo de la situación. Las entrevistas a los personajes se dan en su día a día, lo cual nos da una idea bastante clara de sus vidas y muestra la confianza con la cual estas personas abren su vida a los cineastas, sobre todo en momentos de vulnerabilidad. De forma similar a Union, la fotografía contrasta estos momentos íntimos con grandes tomas de las fábricas o del campo, para mostrar cómo dentro de estos enormes contextos cada vida es diferente.

Made in Ethiopia es un trabajo interesante cuyo abanico de personajes nos da una visión más amplia de las implicaciones de la inversión extranjera china en otras naciones. No toma un bando en cuanto a nacionalidades, sino que se enfoca en darle voz a la gente desde todas las perspectivas, para así permitir al espectador sacar sus propias conclusiones. Sobre todo, nos invita a tener un acercamiento más crítico a este tipo de situaciones y no caer en estereotipos al momento de analizarlas.

“Made in Ethiopia” tuvo su estreno mundial en el Festival de Tribeca 2024, en la competencia de documental.