En una escena de Menus-Plaisirs – Les Troisgros, titánico documental de 4 horas que sigue todo el proceso de trabajo del prestigioso restaurante “Les Troisgros”, un cocinero mete cangrejos de río vivos en una olla de agua hirviendo para cocinarlos. Uno de los cangrejos se sostiene para evitar caer mientras el chico agita el colador para que caiga. Es una secuencia que muestra una profunda desensibilización, pero en lugar de ser enmarcada como tal, los cangrejos cocinados son mostrados rojos y relucientes como una parte más de los ingredientes para el arte de cocinar. Pese a durar pocos segundos, esta falta de crítica y cuestionamiento resume muy bien la experiencia general del filme.

El legendario documentalista Frederick Wiseman opta en este trabajo más bien por adentrarnos en la rigurosidad y compromiso detrás de la alta cocina, así como en la dinámica de la familia a cargo. Es interesante ver un trabajo alejado del contenido preciosista y artificial que últimamente domina los reality shows de cocina, los videos de TikTok y hasta la publicidad, pero al carecer de una postura ante el privilegio y maltrato animal perpetuado por esta labor, el trabajo se siente como un ejercicio superficial e incluso irresponsable.

En un principio uno se vería tentado a pensar que tomas como la mencionada anteriormente o la de un proveedor de ganado hablando de cómo “ellos no comparten la leche de las madres con los terneros porque es su negocio” están allí para señalar estas atrocidades, sobre todo conociendo el trabajo anterior del director, quien mediante la observación ha denunciado injusticias sociales. Sin embargo, tanto la respuesta unánimemente celebratoria de la crítica a cómo es un homenaje al arte de la cocina, así como la narrativa enfocada en el temple y creatividad de sus personajes señalan lo contrario.

El maltrato animal, así como la opulencia exagerada de los comensales y del restaurante en sí, no parecen ser una preocupación del documental. El arte por el arte en sí es realmente el lente a través del cual se enmarca el filme, y esto da como resultado una pieza curiosamente complaciente y miope ante el sistema injustificadamente cruel que permite su existencia. 

Sumado a esto la forma tampoco ofrece mucho como para al menos elevarla por el puro ejercicio artístico. La estructura está planteada para adentrarnos a un día en el restaurante (comienza en las primeras horas de la mañana en un mercado y termina en una cena a últimas horas de la noche), pero las interrupciones para ver a los proveedores, así como otros negocios de la familia, le dan un aire difuso y poco claro que no justifican los 240 minutos de duración.

La familia tampoco es particularmente interesante. Se nos dice que tanto el padre, la madre, los dos hijos y la hija están involucrados en este imperio familiar, pero las dos mujeres salen en escasas escenas y parece más por obligación que por otra cosa. La inclusión del hotel administrado por estas personas y de su carrito de comida más accesible son elementos aleatorios y francamente irrelevantes para la narrativa. Además, ¿realmente nos aporta algo ver cómo esta gente tiene más negocios millonarios que cobran 10 mil dólares por botella o 650 euros la noche?

Sé que no se debe juzgar una película por lo que nos hubiera gustado que fuera sino por lo que es, pero incluso como obra celebratoria, o incluso observacional, de la cocina de lujo, se queda corta. Con tantas cintas valiosas y críticas dedicadas a la observación de las industrias que nos rodean, como la reveladora Youth o la durísima Cow, Menus-Plaisirs – Les Troisgros es un trabajo que, como su objeto de estudio, se queda en lo ostentoso y pierde la oportunidad de decir algo valioso para aquellos afectados por un sistema perpetuador del lujo y el privilegio.

“Menus-Plaisirs – Les Troisgros” formó parte de la muestra Ambulante 2024.