¿Quién no quisiera regresar en el tiempo y preguntarle a sus antepasados cómo era su familia, la sociedad, el país, la forma de vida y el por qué tomaron las decisiones que los condujeron hasta el presente? En No se admiten perros ni italianos, el director Alain Ughetto hace una retrospectiva sobre su origen a través de una metaficción presentada en un encantador stop motion. 

Alain Ughetto entabla una profunda conversación con su abuela Cesira (Ariana Ascaride), quien le cuenta que la familia Ughetto, originaria de Italia, tuvo que migrar a inicios del siglo XX a Francia por los peligros de la guerra y la poca calidad de vida. En la búsqueda de un lugar mejor para vivir se encontraron con pérdidas de gente amada y cosas materiales, pero lo que nunca perdieron fue la esperanza de tener paz y refugio.

No se admiten perros ni italianos, titulada en inglés No Dogs or Italians Allowed, es interesante porque no es una película de animación cualquiera, sino una que busca resignificar el pasado de una persona y tiene como escenario una época maltratada por las guerras. Constantemente nos quejamos del por qué vivimos como vivimos en el presente, pero muchas veces las respuestas las podemos encontrar al aventurarnos en un estudio profundo de quiénes nos antecedieron, en qué condiciones vivían y no juzgar sus decisiones, sino tratar de entenderlas; eso es lo que hace esta cinta. 

El director Alain Ughetto, al estilo de Marcel The Shell With Shoes On, forma parte de la historia y no solo eso, sino que conversa, observa y cuestiona a los personajes. El rompimiento de la cuarta pared genera una cercanía con los hechos, los cuales son narrados desde la creatividad y la elocuencia del stop motion. La animación ayuda a que el mensaje se transmita de manera concreta y ligera, pues lo que se cuenta, bajo otro formato, distraería fácil al espectador; Ughetto hace un recorrido puntual desde el término del siglo XIX y cómo se encontraba Italia, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando su familia se estableció con esperanza de reestructuración emocional y material en Francia.  

En tan solo 1 hora y 10 minutos de metraje, la cinta se apega a sostener la tesis de que “las personas no vienen de un solo país” y lo refuerza con la dedicatoria final: “A las familias forzadas al exilio para sobrevivir”. En tiempos de polarización racial y el levantamiento de muros físicos e ideológicos, este tipo de propuestas defienden las acciones migrantes, porque dentro de ellas se encuentran humanos, emociones y vidas complejas que navegan a contracorriente, aunque con ánimos de encontrar paz.  

Un aspecto de llamar la atención es cómo Ughetto se asume en un rol omnipotente, apoyado por tomas en donde él mismo confecciona los artefactos que los personajes usarán más adelante y les servirán para salir de apuros; por un momento es como si el famoso “detrás de cámaras” lo incluyera en el metraje, pero con el propósito total de sumar a la continuidad de las escenas. 

No se admiten perros ni italianos es una película que le dice al espectador que, aunque sea doloroso, siempre es bueno conocer nuestras raíces para tratar de hallarle sentido al presente. Un filme tierno, sumamente entretenido por su calidad de animación y con discursos claros a favor de comprender los movimientos migrantes. 

“No se admiten perros ni italianos” o “No Dogs or Italians Allowed” ganó Mejor Película Animada en los European Film Awards 2022 y ya está disponible en MUBI.