En mi camino de regreso a casa después de ver el remake de “Amor sin barreras” de Steven Spielberg, pasé por un restaurante cubano desde donde se escuchaba música y gente gritando de júbilo. Esa pequeña vivencia de 10 segundos fue un contraste total a lo que acababa de ver en el cine: una película, que a pesar de durar 156 minutos, fue incapaz de plasmar una representación auténtica de esa chispa latina. Y es que, no es de sorprendernos, que tanto director como guionista (Tony Kushner) estadounidenses claramente no tienen idea de la cultura a la que están intentando representar. Y de hecho, ni siquiera intentan hablarle a esa cultura.

Esta nueva adaptación del musical de Broadway de 1957 sigue la historia de amor entre María (Rachel Zegler) y Tony (Ansel Elgort), dos personas asociadas a dos pandillas de Nueva York en conflicto: los Sharks (puertorriqueños) y Jets (estadounidenses caucásicos). María es hermana de Bernardo (David Alvarez), líder de los Sharks, mientras que Tony es el mejor amigo de Riff (Mike Faist), líder de los Jets. Y por si eso fuera poco, esta complicada dinámica amorosa se desenvuelve en un contexto de gentrificación y opresión policial.

Spielberg crea un mundo vistoso de canto y baile, siempre con un toque áspero. La paleta de colores, apagada y carente de saturación, es utilizada para acentuar la época, poner los pies en la tierra y recordar la naturaleza trágica de una historia llena de divisiones y conflictos. La frenética fotografía de Janusz Kamiński intenta restaurar la vida que el aspecto visual suaviza, y eso funciona ocasionalmente como fuente de energía para algunos actos musicales, pero a la larga, no evita ocultar el pobre enfoque emocional de la historia. Y es que Spielberg se enfrasca en el aspecto audiovisual y tiene problemas dándole forma a sus personajes, quienes van y vienen con contextos pobremente desarrollados; algunos, como Chino, surgen del anonimato para convertirse en piezas cruciales de la trama sin merecerlo. Otro ejemplo es el personaje de Iris Menas que es insertado con calzador para apoyar a un personaje a pasar de Punto A a Punto B, y nada más.

Los actos musicales suenan y se ven bien pero la gran mayoría no tienen emoción. En todas estas escenas sentí que estaba viendo a androides ejecutar perfectamente las instrucciones encomendadas por su director; pero es una ejecución robótica, sin humanidad, energía o emotividad que nos ayude a conectar con la historia.

El casting es otro grave problema. Además de que el guion apresura la fase de enamoramiento entre sus personajes, Rachel Zegler y Ansel Elgort tienen menos química que un set de juguete Mi Alegría, y a nivel individual tampoco mejoran las cosas, pues Zegler tiene problemas vendiendo la idea de estar enamorada y Elgort carece de la expresividad necesaria para aterrizar las ideas que el guion dicta de su personaje: su actuación no refuerza las líneas que deberían convencernos de su arrepentimiento o renovadas intenciones por ser una nueva persona.

Ariana DeBose (“The Prom”) es el mejor elemento del filme. Como Anita, roba pantalla y captura tu atención a base de carisma y energía. David Álvarez también hace un trabajo sobresaliente dándole personalidad al testarudo Bernardo. Rita Moreno, quien ganara un Oscar en 1961 por su trabajo en el “Amor sin barreras” original, tiene un par de escenas memorables que podrían meterla en conversación de una segunda estatuilla dorada. Este trío le da vida a un guion poco interesado en elevar de manera significativa las voces de sus personajes.

Como ya se sabe, el “Amor sin barreras” de 1961 estaba plagado de retratos ofensivos de la cultura latina, tal y como se esperaría de un producto de esa época. Tristemente, es algo que se comprende perfectamente. Y tal vez por ello era buena idea traer de vuelta esta historia e intentar guiar al material hacia algo más digno y auténtico. Sin embargo, eso no es lo que Steven Spielberg intenta aquí. A pesar de dar un paso adelante, en cuanto a temática y representación se refiere, su “Amor sin barreras” sigue retratando de manera caricaturesca al puertorriqueño, insinuando que todes hablan con el mismo acento y, además, fracasa en justificar su torpe utilización de violencia y racismo como vehículo narrativo.

Ésta sigue siendo una historia con elementos latinos contada desde una perspectiva totalmente blanca. Hay casting latino y las letras de las canciones han sido corregidas, pero fuera de eso, no hay una representación redonda que aborde con fuerza problemas de racismo y, por lo tanto, no hay nada que amerite un renacimiento de este “clásico” porque Spielberg está haciendo una película no para audiencias latinx, sino para las y los nostálgicos, caucásicos y conformistas. Y también para sí mismo: para tachar de su lista las ganas de hacer un musical. Y qué mejor manera de hacerlo que con algo seguro, ya grabado en el corazón del pueblo americano conservador.

“Amor sin barreras” ya se encuentra disponible en cines.