Las amputaciones son un tema recurrente en el transcurso de El sonido al caer (Sound of Falling), ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2025. En una escena, mientras la víctima padece una noche de infierno por su pierna cercenada, la narración de la pequeña Alma (Hanna Heckt) habla sobre los dolores fantasmas. “¿Cómo puede doler algo que ya no está?”, se cuestiona desde su inocencia infantil. Una pregunta que bien describe la tesis que la directora, Mascha Schilinski, desarrolla a lo largo de 149 contemplativos minutos de metraje.
Dos horas y media que, en un despliegue del poder del tiempo como materia prima del cine, abarca cerca de un siglo de historia. Cuando conocemos a Alma, estamos en Alemania poco antes de la Primera Guerra Mundial, pero la película irá saltando, con aparente aleatoriedad y desconexión, entre poco después de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania Oriental de los 80 y a inicios del siglo XXI. Las historias de cuatro niñas y jóvenes mujeres—Alma (Hanna Heckt), Erika (Lea Dindra), Angelika (Lena Urzendowsky) y Lenka (Laeni Geiseler)— se desarrollan, respectivamente, en dichas épocas, unidas sólo por el mismo lugar geográfico: una granja.
Cómo duele lo que ya no está y cómo se relacionan estas historias a través de cien años son cuestiones para las que Schilinski y su coguionista, Louise Peter, no ofrecen respuestas inmediatas. Por el contrario, su trama se va desarrollando como un críptico caleidoscopio donde una vida, inicialmente, no parece tener más en común que el azar de haber florecido en un mismo espacio que las otras. Pero los vínculos que interesan a las guionistas y directora no son los familiares (no necesariamente, al menos), sino otros más sutiles aunque paradójicamente poderosos, atravesados por la muerte y el sufrimiento.
En el desgrane de estas historias a lo largo de El sonido al caer, Schilinski pone cuidado en resaltar tanto las similitudes como diferencias entre periodos. La dirección de fotografía de Fabian Gamper, naturalista y fantasmagóricamente voyerista, brinda una sensación de asfixiante y oscura precariedad a la oscuridad del temprano siglo XX, sólo rota por la tímida luz de las velas. Bajo el alumbrado público o el sol de verano 100 años después, casi invita a unas vacaciones de ensueño junto al río.
Sin embargo, gracias a ese mismo naturalismo, la muerte se revela impávida cuando se asoma frontalmente a cuadro, ya sea en imágenes de cuerpos rígidos o en la imaginación de quien ha tenido sus roces con ella. La ilusión sólo es rota por ocasionales miradas directo a la cámara.
Dicho artificio visual es todavía más exacerbado por el diseño sonoro (Jürgen Schulz), que oscila entre el registro fidedigno y puro de la acción, y florituras gentiles, pero que atraen atención a sí mismas. La banda sonora tiende a disolverse hacia el ruido blanco o a ser abrumada por el zumbido de las moscas, en claro símbolo de la decadencia, siempre amenazante e inminente, a veces oculta en la opresión aplastante de una guerra, a veces en la inocencia de un juego o en el azaroso acto de caminar al baño o hacer enojar a una anguila.
El sonido al caer camina una delgada y paradójica línea entre un naturalismo contemplativo que se asume como artificial, lo que termina funcionando como una invitación al juego narrativo de conectar patrones a través de las décadas. Patrones heredados y repetidos, que duelen entre un personaje y el otro incluso si no entendemos las conexiones.
La película, entonces, nos hace paulatinos partícipes de los secretos de sus protagonistas, para reflexionar tanto sobre la fragilidad de la vida, como sobre el propósito en su inevitable sufrimiento. Una de ellas lo cuestiona desde el determinismo: se siente definida por el tiempo y espacio en el que vive, condenada a un destino y presa de la historia que le precede. Ya sea por imágenes que reiteran actos, espacios o rasgos físicos; o por diálogos pasajeros pero con una intencionalidad precisa, podemos comenzar a notar los paralelismos y patrones entre historias (es una película que revelará más con subsecuentes visionados).
Cabe señalar, claro, que la mayoría de los personajes en El sonido al caer son femeninos, y que en su sufrimiento se revelan formas de opresión patriarcal sistémica, algunas tan grotescas como abiertamente aceptadas, y otras más sutiles, internalizadas y complejas.
Sin embargo, no todas ellas son pesimistas, o por lo menos, Schilinski y Peter no lo son. Reconocen que la sofisticación de la autoconciencia con el discurrir de las eras y las generaciones permite, poco a poco, resignificar traumas y sus signos (como una pata de palo) para romper con estos patrones. La historia puede ser una fotografía fija, acechada por fantasmas congelados en el tiempo. Pero también es posible elegir que sea un recuerdo mutable, fluido como el cine, en el que otros fantasmas se niegan a ser atrapados.
“El sonido al caer” o “Sound of Falling” forma parte de la 78 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, es la selección de Alemania para el Oscar a Mejor Película Internacional 2026 y llegará a la cartelera comercial en 2026 bajo la distribución de Cine CANÍBAL.
