¿Te imaginas cómo era para alguien del siglo XIX adentrarse a un territorio hostil, desconocido y lleno de peligros? ¿Cómo era viajar a un lugar en el cual tenía que luchar para sobrevivir? Godland, del director Hlynur Pálmason, captura esta sensación a la perfección: con un pequeño grupo de personajes y mucha intimidad que contrasta con unos majestuosos e imponentes paisajes, nos presenta un épico recorrido al pasado de Islandia.

Lucas (Elliott Crosset Hove) es un joven sacerdote danés que es enviado a un lugar remoto de Islandia para fundar una iglesia y tomar fotografías de la población. Sin embargo, conforme se adentra más en el territorio, tanto su fe como su espíritu empiezan a ser consumidos por el amenazador escenario y su gente.

Llamar impresionante a Godland no es una exageración: es una película de enormes ambiciones que logra retratar un viaje muy personal a una escala monumental. Pálmason y su cinefotógrafa Maria von Hausswolff consiguen capturar la grandeza de los paisajes islandeses frente a la pequeñez del hombre: los campos, rìos y montañas son tan bellos como abrumadores, tomas como la de la iglesia a medio construir bajo una gran montaña de piedra o un hombre sentado en una silla en medio de un enorme río muestran la insignificancia de las construcciones humanas (tanto físicas como ideológicas) en medio del poder de la naturaleza.

De forma similar a The Green Knight, hay un fuerte compromiso de la película por transmitir al espectador la impotencia humana respecto a fuerzas como el tiempo o los desastres naturales. Un ejemplo de esto es una complicada secuencia que tomó dos años en hacerse, en la cual el director muestra la descomposición del cadáver real de un caballo (el cual en la vida real murió de causas naturales) para mostrar el paso de las estaciones. Este ejercicio de paciencia y exigencia técnica es un testimonio de cómo algo enorme se reduce a cenizas en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, a diferencia de la película de David Lowery, el acercamiento de Pálmason, en su intento de alcanzar el realismo, es bastante cruel con los animales retratados en pantalla, desde gallinas siendo cargadas de las patas para ser decapitadas hasta tomas explícitas de un animal siendo despellejado, estos son extremos que retratan de forma fiel el estilo de vida de la gente pero que se sienten innecesarios frente a los momentos más poéticos (y efectivos) de la cinta.

El ritmo también es un reto, pues expresa muy bien lo extenuante y largo del viaje. Si bien esta construcción lenta tiene una muy grata retribución en un tercer acto lleno de tensión y sorpresas, puede resultar muy pesado para algunos espectadores, sobre todo la primera mitad de la película que consiste en extensas caminatas.

Godland es un trabajo con una visión clara de lo que busca transmitir y cuyo resultado final es exitoso en hacerlo. Aunque no es una aventura sencilla de digerir, sus imágenes y mensajes se quedan en la mente por largo tiempo. Algo que ciertamente es innegable es su compromiso por usar el cine como herramienta para regresar en el tiempo y llevarnos a una realidad que de otra forma sería imposible de experimentar por nosotros mismos.

“Godland” ganó Mejor Película en el Festival de Chicago 2022 y es la selección de Islandia para el Oscar a Mejor Película Internacional 2024.