Apenas semanas después del enorme éxito de “Top Gun: Maverick”, el director Joseph Kosinski debuta en Netflix su nueva película “La cabeza de la araña”, un proyecto psicológico de ciencia ficción que maneja interesantes temas de ética y voluntad sin llegar completamente a la línea de meta.

La historia nos lleva a Spiderhead, una penitenciaría y centro de investigación en donde el carismático Steve Abnesti (Chris Hemsworth), con ayuda de su asistente Mark (Mark Paguio), administra drogas experimentales a convictos, quienes participan en el programa a cambio de una sentencia reducida y una estancia bastante cómoda. Uno de los prisioneros y conejillo de indias es Jeff (Miles Teller), quien está buscando perdón por las acciones que lo llevaron a este punto. 

Todos los prisioneros tienen una cajita de metal adherida a su espalda llena de distintas drogas cuya administración es controlada desde un smartphone; sus efectos van desde generar risa y atracción sexual hasta terror incontrolable. Desde el otro lado de un cristal unilateral, siempre con actitud efusiva y una sonrisa en el rostro, Steve estudia cómo sus sujetos reaccionan a los efectos de cada droga durante extraños y específicos escenarios experimentales. 

Replicando una página (solo una) de su trabajo en “Deadpool”, los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick utilizan una pizca de humor negro para darle una identidad inquietante a “La cabeza de araña”; pero en vez de risas, los momentos de comedia son generadores de una efectiva incomodidad que te alienta a seguir viendo a pesar de las flojas convenciones narrativas que plagan el guion. 

Antes de administrar las drogas en su cuerpo, el doctor debe preguntar por el consentimiento de los prisioneros, pero cada respuesta negativa es seguida de una amenaza pasivo-agresiva y una buena dosis de mentiras de Steve. Es así que el filme juega con el concepto de la voluntad y el consentimiento para alimentar a la naturaleza manipuladora de su villano. Y empujando esta faceta psicológica tenemos a Chris Hemsworth (“Thor”), quien utiliza su seductor encanto para plasmar a un ser tan fascinante como manipulador. Nunca sabes qué está escondiendo Steve detrás de su sonrisa hipócrita, e intentar descifrarlo es muy entretenido. 

La película es una adaptación de una historia corta de George Saunders publicada en el New Yorker y eso se nota en más de una ocasión. Reese y Wernick tienen problemas extendiendo dicha historia a un largometraje y muchas veces utilizan flojísimos atajos para intentar salirse con la suya. Jeff, por ejemplo, descubre las nefarias intenciones de Steve cuando éste convenientemente tira las llaves durante un momento de apremio, permitiéndole al prisionero acceder al “cajón ultrasecreto de supervillano” que contiene toda la verdad. 

La escritura de personajes tampoco es buena; además de un romance al vapor que apenas funciona gracias a la destacada actuación de Jurnee Smollett, tenemos a una multitud de personajes secundarios cuya unidimensionalidad (“hombre musculoso” y “rubia arrogante” entre ellos) provoca que momentos de impacto carezcan de la humanidad necesaria para elevarlos. Y claro, también tenemos al pobremente escrito personaje de Mark, quien camina por toda la película con un cartel que dice “sí, en cualquier momento voy a hacer el bien y traicionar a mi malvado jefe”.

Complementando el diabólico y divertido trabajo de Hemsworth, Kosinski también ayuda a mantener la película a flote gracias a su adecuado manejo de tensión e interesantes cambios tonales, pero las fallas en el guion evitan que “La cabeza de la araña” alcance su máximo potencial. Ideas sobre consentimiento y trauma, así como dilemas éticos relacionados a la elección de torturar a un asesino, son abordados sin convicción y su desarrollo es reemplazado por una narrativa típica y corporativa que desemboca en un tercer acto pusilánime en donde encontramos respuestas fáciles, explosiones y chistes forzados.

Tal vez podríamos olvidarnos de “romance”, “comedia”, “ciencia ficción” y “thriller psicológico” y crear un nuevo género cinematográfico que englobe las producciones originales de Netflix, pues últimamente la gran mayoría de ellas comparten en común la mediocridad de ser productos palomeros y apenas entretenidos para pasar el rato y desconectar el cerebro. Es triste que algunos, como “La cabeza de la araña”, se conformen con entrar dentro de ese vasto molde y desperdicien la oportunidad de convertirse en productos más profundos o, por lo menos, completos.

“La cabeza de la araña” ya se encuentra disponible en Netflix.