Siempre intentando salirse de convenciones, el cineasta australiano de origen neozelandés Andrew Dominik ha utilizado su arte para explorar a figuras populares con cierto grado de misticismo. El infame criminal y autor Mark Read (“Chopper”), el legendario forajido Jesse James y su asesino Robert Ford (“The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford”) y el extraordinario compositor Nick Cave (“One More Time With Feeling” y “This Much I Know to Be True”). No es de extrañarse que a Dominik le llame la atención el irresistible personaje de Marilyn Monroe pero no precisamente por su vida, sino por lo que representó en la cultura estadounidense. Es así que en “Rubia” (“Blonde”), adaptación de la novela de Joyce Carol Oates que plasma una visión ficticia de la vida de Monroe, Dominik deconstruye el modelo hollywoodense de fama a partir de una metaficción psicológica de una de sus más grandes celebridades. 

Dominik es (¿o era?) un experto en caminar entre la fina línea que separa la deconstrucción y la glorificación, pero aquí tiene muchos problemas manteniendo el balance. “Rubia” es un complejo ejercicio cinematográfico que tiene muchas y muy inconsistentes facetas. Puede ser fascinante, valiente y cautivador, pero también errático, irresponsable y cansado. 

Ana de Armas (“Aguas profundas”) le da vida a Norma Jeane Mortenson y a Marilyn Monroe, dos personajes que si bien radican en el mismo cuerpo, representan diferentes espectros. Norma Jean anhela el amor y la vida normal que desde la infancia le fue arrebatada. Marilyn Monroe es un símbolo sexual al mando de una cultura misógina. Norma Jean tiene cabello castaño natural y Marilyn Monroe tiene cabello rubio artificial, el color que Hollywood y la sociedad han intentado empatar con la idea de perfección. 

Este seguimiento inicia con la dura infancia de Norma Jean (Lily Fisher) que incluye un intento de ahogamiento y el abandono de su madre (Julianne Nicholson), para luego comenzar un trayecto de abuso de la Norma adulta (ahora Marilyn) a manos de hombres. “Rubia” explora la relación entre estos personajes (Norma Jean y Marilyn Monroe) y su entorno misógino a través de una cruel exhibición de trauma y violencia en donde una mujer es abusada una y otra vez. 

La puesta en escena es vistosa y surrealista. Dominik transiciona constantemente de blanco y negro a color, juega con el contraste de su paleta, orquesta secuencias tan perturbadoras como visualmente deslumbrantes y reproduce famosas escenas de Monroe con apoyo del gran diseño de producción y de vestuario a su disposición. El etéreo score de Nick Cave y Warren Ellis es, por mucho, el elemento más fuerte del filme, y el uso de “Bright Horses”, durante las pocas escenas de tranquilidad y amor del filme, es brillante. 

Es importante recordar que “Rubia” no está intentando ser una película sobre Marilyn Monroe, sino sobre fama. Una escena en donde Norma Jean se transforma o más bien es poseída por Marilyn frente al espejo es clave. Una mujer emocionalmente desamparada es consumida por esta figura icónica y no hay espacio en su cuerpo para nada más, incluyendo hijos. Decisiones estéticas acercan al filme hacia el género del terror y lo alejan del biopic.

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“Rubia” | Netflix © 2022

El problema es que Dominik pierde el balance una y otra vez. “Rubia” se desarrolla entre golpizas, abortos, violaciones y momentos crueles en los que Dominik parece regodearse. Sí, la película está utilizando a la figura de Monroe como excusa para forjar una exploración del estrellato y sus consecuencias, sin embargo, para lograrlo el director objetifica y degrada a la figura de Marilyn Monroe de la misma manera que Hollywood lo hizo. También la reduce a poco más que una chica bonita cuyos daddy issues la hicieron susceptible a abuso. En más de una ocasión, la crueldad de “Rubia” es unidimensional y las florituras cinematográficas para plasmarla, como una toma POV desde una vagina durante un aborto, son innecesarias y se terminan sintiendo como elementos autocomplacientes. 

Desde una fuerte escena en donde Monroe le da sexo oral a John F. Kennedy durante varios minutos hasta la utilización del “papi” una y otra vez para taladrar el origen de su trauma, la gran mayoría de los excesos de Dominik no funcionan y uno no puede más que preguntarse si tanta humillación es necesaria. Su estrecha visión se aleja del arte y cae en misoginia.

La peor decisión creativa de “Blonde” es la de un feto generado por computadora que le pregunta a Monroe si también a él lo van a abortar. Además de ser una abominación digital digna de estar en el Salón de la Fama de los peores efectos visuales de la historia, este elemento parece sacado del imaginario de una señor blanco cristiano que pasa su miserable vida diciéndole a mujeres qué hacer con su cuerpo en Facebook. La intención parece ser la de acentuar que la totalidad de Monroe es propiedad de Hollywood, pero el manejo de Dominik de estas escenas, y en general del tema del aborto, es terriblemente irresponsable, sobre todo después de lo que ocurrió con Roe v. Wade en Estados Unidos. 

Como una aterradora pesadilla sobre fama, misoginia, Hollywood y sus procesos deshumanizadores, “Rubia” es una película efectiva y anárquica, con interesantes pinceladas estéticas y una dedicada actuación de Ana de Armas. Sin embargo, Andrew Dominik erróneamente deja que su historia y protagonista sean consumidas por el dolor y el trauma. La dirección inconsistente, carencia de empatía, absurda repetición de elementos narrativos y la unidimensionalidad de los personajes derivan en un producto explotador y misógino en donde la miseria sobrepasa las intenciones de deconstrucción.

“Rubia” o “Blonde” se estrena en Netflix el 28 de septiembre.