La crisis de refugiados es un tema presente cuyas víctimas no solo sufren un duro camino, sino también discriminación producto de la xenofobia europea. La directora Tamara Kotevska explora esto a través de los ojos de una niña y mediante un muy ingenioso uso de la no ficción creativa en The Walk, un documental lleno de empatía que aterriza una fuerte crítica política.

Amal, un títere de más de 3 metros, recorre el mundo para concientizar sobre la crisis de refugiados. La película sigue su camino desde la frontera de Siria con Turquía hasta los países europeos. Sin embargo, no se trata de una crónica de este viaje, sino que la marioneta es una excusa narrativa para reflexionar sobre las consecuencias que la guerra deja en los niños. 

A la par del viaje de Amal (cuyo nombre significa esperanza) se nos muestra el día a día de varios niños en un campo de refugiados en Turquía. La voz de una niña se usa como recurso para expresar los sentimientos y pensamientos de Amal conforme avanza.

Este enfoque infantil le da un toque de cuento de hadas a la historia; la escena de creación de Amal, por ejemplo, remite directamente a la de Pinocho. La voz en off de la niña también expresa, con la inocencia propia de su edad, su confusión ante el odio de los demás: ¿por qué unos niños tienen pasaporte y otros no? ¿Por qué me obligan a regresar a mi país si no tengo a dónde regresar? Esto resalta lo cruel que es privarle a los niños una infancia digna debido a conflictos militares. 

Otra herramienta narrativa interesante es la interacción de Amal con algunas personas con quienes se topa en el camino, un poco como hizo el también ingenioso documental 499. La muñeca comparte diálogos con refugiados sobre su experiencia, lo cual evita que se sientan como entrevistas. También hay varias escenas “actuadas” por el títere para darle más realismo al viaje o sumar al tono fantasioso de la historia, como Amal durmiendo en la calle o una curiosa interpretación teatral rumbo al final de la cinta.

El equipo de titiriteros sigue caminos muy duros, hay escenas de bosques devastados con animalitos calcinados por el conflicto, así como una horda de xenófobos cristianos que atacan al grupo en Grecia sin reparo. No es sorpresa que la gente a cargo de darle vida a Amal esté dispuesta a soportar estas cosas: uno es un refugiado sirio quien también perdió todo y ya casi no recuerda su país ni los rostros de su familia; la otra es una mujer palestina y entiende lo que es crecer en un lugar privado de libertad. Ambos comprenden  la importancia de llevar el mensaje a todo el mundo, y lo hacen a través del arte.

Kotevska (Honeyland) evita la romantización del proyecto y más bien lo utiliza para resaltar la hipocresía europea. Un claro ejemplo es cuando los gobernantes (en un acto de relaciones públicas) le dan un “pasaporte” a Amal, pero luego la niña se topa con un montón de refugiados que viven bajo un puente sin pasaporte, vivienda y durmiendo con ratas.

Es un poco difícil acostumbrarse al tono fantasioso de la película en un inicio, no porque esté mal planteado sino porque es algo fuera de lo común y toma al espectador por sorpresa, sobre todo los monólogos internos del títere o cuando habla con sus titiriteros mediante la voz en off, como si lo hiciera por telepatía, pero es un acercamiento original y arriesgado que se aprecia. 

The Walk da voz a quienes no la tienen y señala la xenofobia europea sin tapujos. Es incómoda, confrontativa y constantemente le recuerda al espectador que está viendo a un títere gigante parlante, pero justamente su propuesta infantil poco sutil la hace muy creativa y permite que su mensaje permee con más fuerza.

“The Walk” formó parte de la sección Highlights de CPH:DOX 2024.