Brasil está atravesando por una crisis sociopolítica muy dura en donde el fascismo se está apropiando del país entero. “Memory House” (o “Casa de Antiguidades”) sigue la reciente línea de filmes brasileños como “Bacurau” y “La vida invisible de Eurídice Gusmão” que buscan generar una conversación, concientizar y desahogar los problemas del país (y del mundo). Es una película dura y compleja, pero tal vez la más importante de todo el Festival Internacional de Cine de Toronto 2020.

Cristovam (Antônio Pitanga) es un viejo indígena negro que vivía en el norte de Brasil pero por cuestiones de trabajo, se vio obligado a mudarse a un pueblo sureño con fuertes influencias austraiacas. Aquí es empleado de una fábrica y es obligado, por su jefe blanco, a aceptar una reducción de sueldo, después de todo “es negro y viejo, ¿qué otra opción tiene?”. 

El pueblo es prácticamente europeo. Muchos hablan alemán, son conservadores y buscan independizarse para no tener nada que ver con el norte de Brasil, un lugar más pobre y poblado por personas de descendencia afroamericana e indígena. Cristovam está rodeado de caras blancas y comienza a sentir la represión de una sociedad racista y carente de humanidad. Cuando un grupo de jóvenes cazan, torturan y dejan agonizando a su perro, Cristovam se harta y comienza una metamorfosis. Así, el anciano visita una misteriosa casa abandonada en donde encuentra objetos y atuendos que lo llevan a redescubrir sus raíces indígenas y a conectar con la naturaleza. El cambio es espiritual y físico.

Aunque la historia de “Memory House” es ficticia, la expansión de ideas colonialistas y fascistas son una realidad en la sociedad brasileña. El director João Paulo Miranda Maria reflexiona sobre estos peligros a través de un personaje conflictuado que encuentra fortaleza en su empoderamiento indígena, pero sufrimiento en su obsesión por mirar al pasado.

Además de mantener una vibra de inquietud y realismo mágico, las largas tomas y la riqueza en la fotografía de Benjamín Echazarreta (“Gloria”) buscan recrear el dolor emocional de Cristovam y generar una meditación sobre nuestro trato a los seres vivos. El legendario actor Antônio Pitanga es formidable en el papel protagónico; en su actuación vemos plasmado el dolor acumulado durante años. No habla mucho, pero comanda atención.

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Los animales representan una carga emocional clave en la película. Hay una gran escena en donde se realiza la subasta de un toro, así como se realizaban subastas de esclavos hace cientos de años. El especismo está a todo lo que da en el planeta Tierra. Nos creemos dueños de los animales y no hay duda de que estamos desconectados de la naturaleza. João Paulo Miranda explora esta idea a través de la transformación de Cristovam, quien se siente más conectado con los animales que con los humanos.

Sin embargo, de aquí se deriva un gran problema. Si te gustan los animales, “Memory House” va a ser una experiencia muy dura, sobre todo en la primera media hora. Miranda presenta escenas brutales y muy gráficas de crueldad animal que inmediatamente te sacan de la película. Aunque estoy de acuerdo con la enorme importancia de concientizar sobre nuestro trato a la naturaleza, a Miranda se le pasó la mano y creo que sus escenas de violencia extrema van a provocar una desconexión total con las audiencias. No va a ser algo que un público casual pueda aguantar porque llega un punto en el que la miseria sobrepasa a los propios argumentos de la película. Un error garrafal de Miranda.

Con “Memory House”, João Paulo Miranda Maria crea una experiencia desoladora y folclórica que buscar representar el dolor multi-generacional del pueblo indígena. Su historia es una compleja y agobiante representación del sufrimiento humano derivado de una sociedad colapsada que se cree dueña del planeta. Por su lento desarrollo, estilo excéntrico y violentos extremos, no es una película amigable. Sin embargo, su mensaje de tolerancia hacia personas y animales es urgente.

Esta película forma parte de la sección Discovery de TIFF 2020.