Con este mundo tan dividido y antipático en donde la gente es cada vez más dependiente de la tecnología y los grandes poderes demuestran todos los días lo alejados que están de los valores morales más básicos, el thriller psicológico apocalíptico Dejar el mundo atrás (Leave the World Behind) de Sam Esmail llega como un martillazo con el suficiente poder para mantener despierto a los paranoicos y erizar la piel de aquellos que no despegan sus ojos de las ocurrencias llenas de odio que vemos en las noticias todos los días.

“Odio a la pu*a gente”, dice Amanda Sandford (Julia Roberts) una mañana. Está cansada de la falta de empatía de la gente a su alrededor, misma que claramente ha estudiado y observado de cerca gracias a su trabajo en el mundo de la publicidad. Para tomarse un respiro y alejarse de Brooklyn, Amanda renta una casa remota y rodeada de la naturaleza en Long Island, perfecta para una escapada de fin de semana junto a su esposo Clay (Ethan Hawke), su hijo adolescente Archie (Charlie Evans) y la puberta Rose (Farrah Mackenzie), quien está obsesionada con la serie Friends.

A pesar de la normalidad con la que trascurren los primeros minutos de Dejar el mundo atrás, Esmail utiliza el score, la fotografía y algunas migajas narrativas (venados cerca de la casa) para dejar en claro desde un principio que este es un thriller y que las pequeñas vacaciones de los Sandford no tardarán en sufrir un tropiezo. Y así ocurre. Después de un perturbador incidente involucrando un barco que se estrella en la playa, la familia recibe una visita sorpresa de G.H. (Mahershala Ali), dueño de la casa, y su hija Ruth (Myha’la), quienes piden pasar la noche ahí debido a que hay un extraño apagón en la ciudad. Esto enciende las alarmas de Amanda, quien no confía en la palabra del extraño. ¿Será el dueño real de la casa? ¿De verdad está ocurriendo algo extraño en la ciudad? ¿Existe un prejuicio racial, consciente o subconsciente, en las preocupaciones de Amanda? 

Hay ciertas vibras de Spielberg en la dirección de Esmail, quien inmediatamente te atrapa en el misterio de su desconcertante historia (adaptada de la novela del mismo nombre de Rumaan Alam). Cada suceso es como una pieza de jenga, cada una más perturbadora que la anterior, y no puedes apartar tus ojos hasta ver la torre caer… ¿o habrá posibilidad de que no caiga? 

Dejar el mundo atrás no cae en el pesimismo del subgénero apocalíptico ni tampoco es manipuladora. Esmail le da matices a sus personajes principales y mucha humanidad al guion: ideas de empatía y la preocupación por “hacer lo correcto” en tiempos de crisis le dan una dimensión interesante a una historia pesadillesca poblada por pequeños sucesos reconocibles. El análisis de clasismo y conflictos raciales no se termina de cocinar porque ―y esta es una de las virtudes del filme― el director y guionista está más interesado en cómo estas dos familias se relacionan entre sí cuando no existe información para confirmar si todo a su alrededor se está cayendo.

Al igual que en Mr. Robot, Esmail aquí explora la fragilidad de las sociedades y el determinante poder de las tecnologías para derrumbarlas. Al quedarse sin Wi-Fi, sin GPS, sin canales de comunicación y sin Google para dar respuestas, los personajes se sienten desprotegidos y vulnerables, sin embargo este es solo el trasfondo del conflicto, pues en esta ocasión el planteamiento del director está inclinado con mayor fuerza hacia los estragos provocados por el odio humano. 

La película brillantemente argumenta que la desconfianza y las divisiones, tan prominentes en la actualidad, nos hacen más débiles y propensos al peligro, algo que fácilmente podemos confirmar con un vistazo a las noticias: si en el año 2023 la gente se sigue odiando por el color de piel, la etnia o la religión de alguien más, entonces ¿cómo diablos vamos a detener un genocidio o acabar con el calentamiento global y el capitalismo desenfrenado que lo está exacerbando? Dejar el mundo atrás deja en claro que la humanidad fácilmente puede caer en crisis y que ya no hay mucho que podamos hacer para impedirlo, pues el problema ya viene desde las raíces. La naturaleza lo sabe e intenta advertirnos y lo único que nos queda es escucharla e intentar protegerla desde nuestro cuartel, con nuestra capacidad para hacer el bien.

Aunque a veces su tratamiento es demasiado burdo, el desesperante personaje de Rose es el principal canal de la película para explorar el papel que tienen los medios y el entretenimiento en el mundo. Mucha gente utiliza una serie, película o encuentro deportivo para escapar de la realidad, para distraerse de la pesadumbre que ocurre en el mundo y a veces incluso hacerse de la vista gorda ante las tragedias que ocurren a nuestra alrededor, pues, como bien dice Clay en un punto de la película, a veces sientes que no hay nada que puedas hacer al respecto, entonces ¿para qué preocuparse? El problema ocurre cuando ya no tenemos Wi-Fi, Grand Theft Auto o Friends para distraernos. Esa también es una alarmante dependencia tecnológica.

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“Leave the World Behind” | Cortesía de Netflix

La película cuenta con el elenco perfecto para aterrizar todas estas ideas y nociones apocalípticas aun cuando el guion es demasiado expositivo. Julia Roberts (Ticket to Paradise) es la Karen perfecta: desconfiada, siempre con el ceño fruncido y lista para armar bronca ante cualquier situación. Ethan Hawke (The Northman) utiliza su mirada de cachorrito con maestría para darle vida a un padre de familia optimista, paciente y un poco inútil. Myha’la (Bodies Bodies Bodies) no se achica frente a estos grandes nombres y es toda una revelación en un papel férreo e impetuoso, siempre en alerta ante la impertinencia de la gente blanca pero cuya máscara esconde a una joven asustada por lo que le pueda ocurrir a sus seres queridos. Y como ya es costumbre, Mahershala Ali (Swan Song) nos recuerda que es uno de los mejores actores del planeta con un trabajo hitchcockiano que combina elegancia, fragilidad, encanto y misterio: aunque su fachada luzca tranquila, Ali utiliza sus ojos para comunicar el miedo que siente su personaje.

Todo esto podría sonar abrumador o hasta cansado (la película dura dos horas y media) pero la dirección hace que todo fluya y conecte. Ya sea un barco aproximándose a la playa, Teslas a toda velocidad estrellándose en la carretera o un avión en picada, Esmail comanda con autoridad las escenas más imponentes para sacarles el mayor jugo posible y dejar en claro la escala de lo que está ocurriendo. Además de potencializar la intensidad de dichos momentos, la edición de Lisa Lassek mantiene un ritmo casi hipnótico pero puede llegar a ser frustrante cuando interacala frenéticamente escenas estresantes entre diversos personajes.

La película cuenta con un lenguaje audiovisual dinámico que, por su grandilocuencia, en un principio puede llegar a ser fastidioso pero que, además de ser una bienvenida herramienta creativa, pronto se convierte en una efectiva fuente de estrés. Aunque no siempre funciona, el frenético juego con la fotografía (a cargo de Tod Campbell), uso de ángulos torcidos y movimientos prolongados permiten montar desconcierto y acumular tensión previo a la revelación de algo. El score original de Mac Quayle, compuesto durante la producción, crea expectativas y te recuerda constantemente que algo muy extraño está pasando.

Aunque algunas interrogantes no obtienen respuestas y más de un cliché amenaza con sacarte de la historia, Dejar el mundo atrás es una propuesta refrescante que no tiene miedo de plasmar la desesperanza del mundo enfermo en el que vivimos. La película triunfa porque logra combinar la emoción de un blockbuster de vieja escuela con un discurso moderno sobre dependencia tecnológica y división; Esmail no está interesado en únicamente crear espectáculo a partir de los elementos de “desastre” de la película, sino en cómo estos impactan psicológicamente a sus personajes y la relación entre las familias centrales.

“Dejar el mundo atrás” o “Leave the World Behind” ya está disponible en Netflix.