En todo momento hay mucho sucediendo visual y narrativamente en Buena suerte, diviértete, no mueras (Good Luck, Have Fun, Don’t Die), regreso de Gore Verbinski como director casi una década después de La cura siniestra, con un guión de Matthew Robinson (Amor y monstruos). Y decimos “mucho” en un sentido similar al exceso de Black Mirror y Todo en todas partes al mismo tiempo procreando furiosamente bajo los efectos de la cocaína, dando como resultado una criatura hiperactiva y obsesionada con Terminator.
Lo cual puede resultar divertido, visto como un frenesí posmoderno que desborda referencias cinéfilas y a la cultura de internet para lanzar una pedrada a todo lo que—en teoría—está mal con nuestra dependencia tecnológica cotidiana. Sin embargo, intenta abarcar tanto, que termina siendo no sólo un pastiche superficial en sus reflexiones, sino que además refuerza la realidad que denuncia.
La trama comienza cuando un hombre (Sam Rockwell) irrumpe en un restaurante, anuncia como delirante a los comensales que viene del futuro y que está ahí, por enésima vuelta de un bucle temporal, para reclutar a la combinación correcta de individuos que le permitirá detener la creación, esa precisa noche, de una Inteligencia Artificial (IA) avanzadísima que oprimirá a la humanidad. O más que evitar su creación, busca instalar en ella un protocolo de seguridad para que sea posible regularla.
Los seleccionados resultan ser una pareja de maestros de escuela, Mark (Michael Peña) y Janet (Zazie Beetz); una solitaria mujer, Susan (Juno Temple), que misteriosamente se ofrece como voluntaria; Ingrid (Haley Lu Richardson), una joven con alergia al Wi-Fi (leíste bien); y otros cuantos cuya función no trascenderá la de un camiseta roja de Star Trek. Conforme avanzan en su noche de locos hacia su misión, empezando por librar el sitio que la policía monta sobre el restaurante, flashbacks nos revelan las historias previas de estos personajes, así como sus conflictivas relaciones con la tecnología.
Lo divertido de Buena suerte, diviértete, no mueras en este apartado es que, si bien alude a un futuro no específico, cada historia exagera y satiriza algún aspecto de nuestra cotidianidad tecnificada actual hasta extremos que pueden resultar creíbles a pesar del absurdo, incluso si el humor no es siempre tan refinado—o afortunado—.
Estudiantes de preparatoria son convertidos prácticamente en zombis hostiles por el uso del celular en el flashback de Mark y Janet, por ejemplo. En el capítulo de Susan, la IA juega un rol perverso dentro de una industria de clonación dedicada al luto por tiroteos escolares—la broma es un tanto insensible, pero pretende ilustrar cómo el tecnocapitalismo puede depredar y explotar las tragedias, en vez de solucionar las raíces sistémicas que las provocan—. La historia de Ingrid presenta una de las peores aplicaciones posibles para el afortunadamente ya difunto Metaverso.
Son muy pocos casos en los que la película lleva estas ideas más allá del gag, pues apenas da tiempo de presentar todas estas subtramas y avanzar la principal, en una estructura de flashbacks (el montaje es de Craig Wood, usual colaborador de Verbinski) un tanto tosca, sobre todo en contraste con las secuencias de acción alocadas y absurdas que vienen después, cambiando la torpeza por simple irregularidad que puede dar sensación de latigazo.
La interesante contradicción de Buena suerte, diviértete, no mueras viene de que construye un discurso—un tanto simplón y a veces hasta condescendiente en su sátira, pero en general gracioso—que se pretende crítico de nuestra dependencia tecnológica y del perverso lucro corporativo detrás de ella, y que apunta si no a una rebelión en su contra, por lo menos a una visión más optimista de su regulación: que la IA exista, pero con protocolos de seguridad. No su erradicación, sino la coexistencia. Cosa que, a nivel de guión, tampoco suena promisoria a la luz de los horrores presenciados por el resto de los personajes en el presente.
Sin embargo, en la creciente locura de su diseño de producción (de David Brisbin), la estética de la película se inclina por la de un videojuego maximalista, otro pastiche de consumo sobrecargado de imágenes generadas por computadora que rompen su ya de por sí excéntrica realidad—y que, de paso, adelantan demasiado su giro de tuerca climático—.
Resulta paradójico, entonces, que la película de Verbinski concluya como lo hace, con pretensiones de una esperanza—o una rebeldía controlada, cabría decir—en contra del sistema y su inevitable victoria. Hay posibilidad mientras se siga luchando, nos dice el guión de Robinson. No se le ocurre una salida, sino que se conforma con rendirse ante la grotesca mutabilidad del sistema que denunciaba Mark Fisher en Realismo capitalista: no hay alternativa, sólo asimilación y lucha eterna.
“Buena suerte, diviértete, no mueras” (“Good Luck, Have Fun, Don’t Die”) llega a salas de cine mexicanas el 9 de abril de 2026 con distribución de Corazón Films.
